Sin blanca en Paris y Londres
Sin blanca en Paris y Londres A eso de las seis menos cuarto, el irlandés me acompañó al albergue. Era un cubo de ladrillo sucio y amarillento por el humo, que se alzaba en un rincón de los terrenos del hospicio. Las hileras de ventanas minúsculas con barrotes, las puertas de hierro y la alta tapia que lo separaban de la carretera le daban apariencia de cárcel. Encontramos una larga cola de hombres harapientos que aguardaban a que se abrieran las puertas. Los había de todas las edades y condiciones, el más joven era un muchacho de rostro sonrosado que tenía dieciséis años y el más anciano una momia encorvada y sin dientes de unos setenta y cinco. Algunos eran vagabundos veteranos, reconocibles por sus bastones y sus garrotes, y porque tenían la cara oscurecida por el polvo; otros eran obreros de las fábricas que se habían quedado sin trabajo; había peones agrícolas; un oficinista con cuello duro y corbata y dos que sin duda eran retrasados mentales. Vistos allí, mientras esperaban, ofrecían un espectáculo lamentable; no es que pareciesen malvados ni peligrosos, pero eran una pandilla sarnosa y desgarbada, casi todos iban harapientos y estaban claramente desnutridos. Sin embargo, se mostraban afables y no hacían preguntas. Muchos me ofrecieron tabaco, es decir, colillas.
