Sin blanca en Paris y Londres
Sin blanca en Paris y Londres Paddy fue mi compañero los siguientes quince días y, como es el primer vagabundo a quien llegué a conocer bien, quisiera hablar de él. Creo que era un vagabundo bastante típico y que en Inglaterra hay decenas de miles como él.
Era un tipo alto de unos treinta y cinco años, de cabello rubio entrecano y acuosos ojos azules. Sus rasgos eran agradables, pero tenía las mejillas hundidas y esa tez grisácea y áspera típica de quien vive a base de pan con margarina. Iba mejor vestido que la mayoría de los vagabundos, con una chaqueta de caza de tweed y unos pantalones de esmoquin muy viejos que todavía conservaban la banda de raso. Estaba claro que aquella banda simbolizaba para él un último vestigio de respetabilidad, y cada vez que se descosía volvía a zurcirla con mucho cuidado. Procuraba cuidar su aspecto y llevaba una cuchilla de afeitar y un cepillo para los zapatos del que se negaba a desprenderse, aunque hacía mucho que había vendido sus «papeles» e incluso su cortaplumas. A pesar de todo, se notaba que era un vagabundo a cien yardas de distancia. Su manera de andar y el modo en que encorvaba los hombros delataban una humillación evidente. Al verlo se notaba de forma instintiva que prefería recibir un golpe que propinarlo.
