Sin blanca en Paris y Londres

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Pese a todo, no sentía temor, remordimiento, vergüenza, ni lástima de sí mismo. Se había enfrentado a su situación y había elaborado su propia filosofía. Según decía, él no tenía la culpa de ser mendigo y se negaba a preocuparse o sentir reparos por ello. Era el enemigo de la sociedad y estaba dispuesto a cometer cualquier delito si se presentaba la ocasión. Se negaba por principio a ser ahorrativo. En verano no ahorraba y gastaba sus ganancias en bebida, pues las mujeres no le interesaban. Si al llegar el invierno no le quedaba ni un penique, tanto peor para la sociedad, que debería cuidar de él. Estaba dispuesto a sacarle a la beneficencia hasta el último penique siempre que no tuviese que agradecérselo. Nunca iba a las instituciones benéficas religiosas, porque, según decía, se le hacía un nudo en la garganta si tenía que cantar himnos para conseguir bollos. Su código de honor incluía varios puntos más; por ejemplo, se enorgullecía de no haber recogido jamás, ni cuando estaba muerto de hambre, una colilla del suelo. Se consideraba por encima de los mendigos normales, a quienes tenía por una pandilla de individuos rastreros que no tenían ni siquiera la decencia de mostrarse desagradecidos.





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