Sin blanca en Paris y Londres

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XXXI

La pensión a la que nos llevó Bozo costaba nueve peniques la noche. Era un sitio grande y concurrido, capaz de alojar a quinientas personas, además de un notorio refugio de vagabundos, mendigos y rateros. En ella convivían todas las razas, incluso blancos y negros, en términos de igualdad. También había indios y cuando le hablé a uno en urdu macarrónico, me respondió tuteándome, algo impensable si hubiésemos estado en la India. Habíamos caído por debajo de los prejuicios del color de piel. Se vislumbraban vidas muy curiosas. Como la del Abuelo, un vagabundo de setenta años, que se ganaba la vida, al menos en parte, recogiendo colillas del suelo y vendiendo el tabaco a tres peniques la onza; la del Doctor, que era médico de verdad, aunque le habían quitado la licencia por cometer alguna infracción, y que, además de vender periódicos, pasaba consulta por unos peniques; la de un escuálido lascar de Chittagon descalzo y famélico, que había dejado su barco y llevaba días deambulando por Londres, tan perdido e impotente que ni siquiera sabía el nombre de la ciudad donde se encontraba y que, hasta que se lo aclaré, creía estar en Liverpool, o la de un escritor de cartas amigo de Bozo, que escribía conmovedoras súplicas de ayuda para pagar el funeral de su mujer y, cuando alguna carta surtía efecto, se daba solitarios banquetes de pan con margarina. Era un tipo desagradable parecido a una hiena. Hablé con él y comprobé que, como la mayoría de los estafadores, se creía la mayor parte de sus mentiras. La pensión era un oasis para los tipos como él.


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