Sin blanca en Paris y Londres
Sin blanca en Paris y Londres Quiero dejar por escrito algunas observaciones generales sobre los vagabundos. Si se para uno a pensarlo, los vagabundos son un producto extraño sobre el que vale la pena reflexionar. Es raro que una tribu de hombres, que se cuentan por decenas de miles, deambule por Inglaterra como otros tantos judíos errantes. Pero, aunque el caso merezca nuestra consideración, es imposible empezar siquiera a dársela sin librarse antes de ciertos prejuicios. Dichos prejuicios hunden su raíz en la idea de que todo vagabundo es, ipso facto, un delincuente. De niños se nos ha enseñado que los vagabundos lo son y, en consecuencia, existe en nuestra imaginación una especie de vagabundo típico o ideal, una criatura repulsiva y más bien peligrosa, que moriría antes que lavarse o trabajar, y que solo aspira a mendigar, emborracharse y robar gallinas. El vagabundo-monstruo es tan falso como el chino malvado de los relatos de las revistas, pero es muy difícil librarse de él. La sola palabra «vagabundo» basta para evocar su imagen. Y la creencia en él oscurece las verdaderas preguntas que plantea el vagabundeo.
