Sin blanca en Paris y Londres
Sin blanca en Paris y Londres Poco tiempo antes, Boris me había dado una dirección en la rue du Marché des Blancs Manteaux. Lo único que decía en su carta era que «las cosas no le iban demasiado mal», y di por supuesto que había vuelto al Hôtel Scribe y a sus cien francos diarios. Me sentía muy esperanzado y no entendía cómo había sido tan idiota de no acudir antes a Boris. Ya me veía en un bonito restaurante con alegres cocineros cantando canciones de amor mientras cascaban los huevos en la sartén, y cinco sustanciosas comidas al día. Incluso despilfarré dos francos cincuenta en un paquete de Gauloises Bleu, como adelanto de mi salario.
Por la mañana fui dando un paseo a la rue du Marché des Blanc Manteaux; para mi sorpresa, resultó ser un callejón de los barrios bajos tan sórdido como el mío. El hotel de Boris era el más sucio de la calle. De la puerta salía un olor agrio y horrible, una mezcla de agua sucia y sopa de sobre —Bouillon Zip a veinticinco céntimos el paquete—. Me invadieron los recelos. La gente que toma Bouillon Zip pasa hambre o casi. ¿De verdad estaría ganando Boris cien francos diarios? Un hosco patron que encontré en la recepción me informó de que sí, el ruso estaba en casa: en la buhardilla. Subí seis tramos de estrechas y sinuosas escaleras, y el olor a Bouillon Zip se fue haciendo más intenso a medida que subía. Boris no respondió cuando llamé a la puerta, así que abrí y entré.
