Sin blanca en Paris y Londres
Sin blanca en Paris y Londres Ahora teníamos veintiocho francos, y podíamos reanudar nuestra búsqueda de empleo. Boris seguía pasando las noches, en términos un tanto misteriosos, en casa del zapatero, y se las había arreglado para que un amigo ruso le prestara otros veinte francos. Tenía amigos, la mayor parte ex oficiales como él, por todo París. Unos eran camareros o friegaplatos, los había que conducían taxis, otros vivían de las mujeres, y algunos se las habían arreglado para sacar su dinero de Rusia y eran dueños de garajes o de salones de baile. En general, los refugiados rusos en París son gente muy industriosa que se ha sobrepuesto a la mala suerte mejor de lo que imagino que lo habrían hecho en caso de ser ingleses. Hay excepciones, claro. Boris me habló de un duque ruso exiliado a quien había conocido y que frecuentaba los restaurantes caros. El duque averiguaba si había algún oficial ruso entre los camareros y, después de cenar, le invitaba amablemente a la mesa.
—¡Ah! —decía el duque—, ¿así que es usted un antiguo soldado, como yo? Vivimos malos tiempos, ¿eh? Bueno, bueno, un soldado ruso no le teme a nada. ¿Cuál era su regimiento?
—El tal y cual, señor —respondía el camarero.
