Sin blanca en Paris y Londres
Sin blanca en Paris y Londres Aquello era incluso más conspiratorio de lo que habÃa imaginado. Boris se sentó en la única silla que quedaba vacÃa y estuvieron un buen rato hablando en ruso. Solo hablaba el hombre sin afeitar; el más huraño se apoyó contra la pared sin dejar de mirarme, como si aún sospechara de mÃ. Era raro estar plantado en aquel cuartito secreto con sus carteles revolucionarios, escuchando una conversación de la que no entendÃa una palabra. Los rusos hablaban deprisa y con vehemencia, con muchas sonrisas y encogimientos de hombros. Me habrÃa gustado saber lo que decÃan. EstarÃan llamándose «padrecito» unos a otros, pensé, y «palomita» e «Iván Alexándrovich», como los personajes de las novelas rusas. Y seguro que hablaban de revoluciones. El hombre sin afeitar debÃa de estar diciendo: «Nosotros nunca discutimos. La controversia es un pasatiempo burgués. Nuestros argumentos son los hechos». Luego comprendà que no era eso exactamente. Al parecer, habÃa que pagar una tasa de ingreso de veinte francos y Boris les habÃa prometido pagarla (solo tenÃamos diecisiete). Por fin Boris sacó nuestras preciosas reservas de dinero y pagó cinco francos a cuenta.