Sin blanca en Paris y Londres
Sin blanca en Paris y Londres Bajamos las escaleras, nos aseguramos desde la lavandería de que no había nadie en la calle y nos escabullimos fuera. Boris estaba loco de alegría. En una especie de éxtasis sacrificial entró a toda prisa en el estanco más próximo y gastó cincuenta céntimos en un puro. Salió sonriendo y golpeando con el bastón contra la acera.
—¡Por fin! ¡Por fin! Ahora, mon ami, nuestra suerte sí que ha cambiado. Les has engañado muy bien. ¿Has oído cómo te llamaban camarada? Ciento cincuenta francos por artículo… Nom de Dieu!, menuda suerte.
A la mañana siguiente, cuando oí llegar al cartero, bajé corriendo al bistro a por mi carta; con gran decepción comprobé que no había llegado. Me quedé en casa esperando el segundo reparto; la carta siguió sin llegar. Después de tres días sin tener noticias de la sociedad secreta, abandonamos toda esperanza y dedujimos que habrían contratado a otra persona para escribir los artículos.