Sin blanca en Paris y Londres

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IX

Pasamos tres días más deambulando de aquí para allá, buscando trabajo y volviendo a mi habitación a comer una sopa y un poco de pan cada vez más escasos. Ahora teníamos dos atisbos de esperanza. En primer lugar, Boris había oído hablar de un posible trabajo en el Hôtel X., cerca de la Place de la Concorde, y, en segundo, el patron del nuevo restaurante de la rue du Commerce había regresado por fin. Fuimos a verlo por la tarde. De camino, Boris estuvo hablando de la enorme fortuna que ganaríamos si conseguíamos ese trabajo, y de la importancia de causarle buena impresión al patron.

—Las apariencias… las apariencias lo son todo, mon ami. Dame un traje nuevo y antes de la cena habré conseguido que alguien nos preste mil francos. Qué pena no haber comprado un cuello de camisa cuando teníamos dinero. Esta mañana le he dado la vuelta al mío, pero ¿de qué sirve, si un lado está tan sucio como el otro? ¿Crees que parezco hambriento, mon ami?

—Estás pálido.

—Maldita sea, ¿cómo no voy a estarlo si solo como pan y patatas? Parecer famélico es fatal. A la gente le entran ganas de echarte a patadas. Espera.

Se detuvo ante el escaparate de una joyería y se abofeteó las mejillas con fuerza para que afluyera la sangre. Luego, antes de que desapareciera el rubor, corrimos al restaurante y nos presentamos al patron.


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