Sin blanca en Paris y Londres
Sin blanca en Paris y Londres Pasamos tres dÃas más deambulando de aquà para allá, buscando trabajo y volviendo a mi habitación a comer una sopa y un poco de pan cada vez más escasos. Ahora tenÃamos dos atisbos de esperanza. En primer lugar, Boris habÃa oÃdo hablar de un posible trabajo en el Hôtel X., cerca de la Place de la Concorde, y, en segundo, el patron del nuevo restaurante de la rue du Commerce habÃa regresado por fin. Fuimos a verlo por la tarde. De camino, Boris estuvo hablando de la enorme fortuna que ganarÃamos si conseguÃamos ese trabajo, y de la importancia de causarle buena impresión al patron.
—Las apariencias… las apariencias lo son todo, mon ami. Dame un traje nuevo y antes de la cena habré conseguido que alguien nos preste mil francos. Qué pena no haber comprado un cuello de camisa cuando tenÃamos dinero. Esta mañana le he dado la vuelta al mÃo, pero ¿de qué sirve, si un lado está tan sucio como el otro? ¿Crees que parezco hambriento, mon ami?
—Estás pálido.
—Maldita sea, ¿cómo no voy a estarlo si solo como pan y patatas? Parecer famélico es fatal. A la gente le entran ganas de echarte a patadas. Espera.
Se detuvo ante el escaparate de una joyerÃa y se abofeteó las mejillas con fuerza para que afluyera la sangre. Luego, antes de que desapareciera el rubor, corrimos al restaurante y nos presentamos al patron.
