Subir a por aire
Subir a por aire Pues creo que esto es todo.
He intentado contarles algo del mundo de antes de la guerra, el mundo que me vino a la memoria cuando vi el nombre del rey Zog en aquel letrero. Pero me parece que no les he dicho nada nuevo. O bien ustedes se acuerdan de antes de la guerra y no necesitan que yo se lo cuente, o no se acuerdan, y en ese caso es inútil que lo haga. Hasta ahora sólo he hablado de las cosas que me pasaron hasta los dieciséis años. Hasta ese momento, los asuntos familiares habían marchado bastante bien. Fue poco antes de cumplir los dieciséis cuando comencé a vislumbrar lo que la gente llama «la vida», entendiendo por ello las cosas desagradables de ésta.
Unos tres días después de haber visto las grandes carpas de Binfield House, padre vino a tomar el té todo abstraído, aún más gris y enharinado que de costumbre. Comió y bebió muy serio y no habló gran cosa. Por aquellos tiempos, solía comer con expresión preocupada, y su bigote se movía arriba y abajo con un movimiento horizontal, porque no le quedaban muchas muelas. Cuando iba a levantarme de la mesa, me llamó.
—Espera un momento, George, muchacho. Tengo que decirte una cosa. Siéntate un momento. Madre, a ti ya te dije ayer lo que hay.
