Subir a por aire

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Durante unos días (creo que fueron cuatro, pero no estoy seguro) reinó una extraña quietud, una especie de silencio expectante, como el momento que precede a la tormenta, como si toda Inglaterra estuviese pendiente de algo. Recuerdo que hacía mucho calor. En la tienda, teníamos la impresión de ser incapaces de trabajar, aunque ya todo vecino que disponía de cinco chelines corría a comprar cantidades de comida enlatada, harina de trigo y de avena. Era como si estuviésemos demasiado enfebrecidos para trabajar, sólo podíamos sudar y esperar. Por las tardes, la gente bajaba a la estación y se peleaban como demonios por los periódicos que llegaban en el tren de Londres. Y una tarde, un vendedor vino corriendo por la Calle Mayor con un montón de periódicos bajo el brazo, y la gente salió a la puerta de las casas llamándose unos a otros. Todo el mundo gritaba «¡Entramos en la guerra! ¡Entramos en la guerra!». El chico cogió un letrero de los que llevaba y lo colocó en el escaparate de enfrente.

INGLATERRA DECLARA LA GUERRA A ALEMANIA

Los tres dependientes salimos a la calle y nos pusimos a saltar de alegría. Todo el mundo estaba contento. Sí, contento. Sólo el viejo Grimmett, aunque ya se había beneficiado del temor a la guerra, siguió firme en sus principios liberales y se declaró en contra de la guerra, diciendo que sería un mal negocio.


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