Subir a por aire
Subir a por aire Vivía en Ealing, en una pensión. Los años iban pasando, o más bien arrastrándome. Lower Binfield se había borrado de mi memoria. Yo era el típico joven que trabaja en Londres, corre cada mañana a por el tren de las 8.15 e intriga para conseguir el puesto de otro. Estaba bien considerado en la casa y bastante satisfecho de la vida. La prosperidad de aquellos años me había embriagado a mí también, en alguna medida. Se acordarán ustedes de la fraseología del momento. Dinamismo, empuje, tesón, valor… Siga adelante o abandone la pista. Hay mucho sitio en la cumbre. Un hombre que vale no fracasará. Y los anuncios de las revistas en los que aparecía el muchacho a quien el jefe da palmadas en el hombro y el ejecutivo de mandíbula enérgica que gana mucho dinero y atribuye su éxito a tal o cual curso por correspondencia. Es curioso cómo todos nos lo tragábamos, incluso tipos como yo, a quienes aquello no podía aplicarse en absoluto. Porque yo no soy ni un genio ni un fracasado; soy por naturaleza incapaz de encontrarme en uno de estos dos extremos. Pero era el espíritu del momento. ¡Avance! ¡Sitúese! Si ve a un hombre caído, póngale el pie en el cuello antes de que vuelva a levantarse. Claro que esto era a principios de los veinte, cuando habían desaparecido algunos efectos de la guerra y todavía no había venido la crisis a quitarnos los pajaritos de la cabeza.
