Subir a por aire
Subir a por aire Un bombardero volaba a escasa altura por encima de nosotros. Durante un minuto o dos, pareció llevar la misma velocidad que el tren.
Enfrente de mí estaban sentados dos hombres de aspecto vulgar, con abrigos gastados, probablemente agentes de algún periódico a la caza de suscripciones. Uno de ellos leía el Mail, y el otro el Express. Pude ver por su expresión que me catalogaban como miembro de su grupo social. Al otro extremo del vagón, dos pasantes de abogado que llevaban carteras negras sostenían una conversación repleta de estúpida jerga legal, destinada sin duda a impresionar al resto de los pasajeros y a mostrar que no pertenecían a la plebe.
