Subir a por aire
Subir a por aire Al día siguiente me levanté muy mal. Tenía mal sabor de boca y me crujían los huesos. El caso era que, entre la botella de vino del almuerzo, la de la cena y varias medianas por la tarde, además de uno o dos coñacs, el día anterior había bebido demasiado. Me quedé unos minutos plantado en medio de la habitación, con la mirada perdida y demasiado atontado para moverme. Ya saben ustedes ese horrible estado de ánimo con el que uno se levanta algunos días. Consiste sobre todo en una sensación especial en las piernas, y además en algo que le dice a uno, mucho más claro que cualquier voz: «¿Por qué demonios sigues adelante? Déjalo, hombre. Pégate un tiro».
