Subir a por aire

Subir a por aire

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Volví al George, dejé el coche en el aparcamiento y me tomé una segunda taza de té. Como era domingo, el bar no abriría hasta dentro de una hora o dos. Después, salí otra vez y me puse a pasear en dirección a la iglesia, gozando del frescor de la tarde.

Al cruzar la plaza del mercado, me fijé en una mujer que caminaba pocos metros delante de mí. Tan pronto como la vi, tuve la seguridad de que la conocía de algo. Ya deben de conocer esa curiosa sensación. No le veía la cara, naturalmente, y no identificaba su figura de espaldas, pero podía jurar que la conocía.










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