Subir a por aire
Subir a por aire Me encontraba realmente mal aquella mañana. Lo cierto era que, desde que llegué a Lower Binfield, había estado bebiendo casi continuamente, durante todas las horas que estaban abiertos los bares. La razón, aunque no se me ocurrió hasta entonces, era que en realidad no había tenido nada más que hacer. Hasta el momento, el balance de mi viaje eran tres días de trompa. Al igual que la otra mañana, me arrastré hacia la ventana y contemplé los sombreros hongos y las gorritas escolares que se afanaban de aquí para allá. Mis enemigos, pensé. El ejército invasor que había saqueado el pueblo y cubierto las ruinas de colillas y papelotes. Me pregunté por qué me preocupaba tanto. Me imagino que ustedes pensarán que si me había disgustado encontrar Lower Binfield hinchado y convertido en una especie de Dagenham era sólo porque me molestaba ver la tierra cada vez más poblada y el campo convertido en ciudad. Pero no es esto en absoluto. A mí no me preocupa que las ciudades crezcan, mientras lo que hagan es crecer y no simplemente extenderse, como manchas de salsa en un mantel. Sé que la gente tiene que vivir en alguna parte, y que si una fábrica no está en un sitio estará en otro. En cuanto al pintoresquismo, lo falsamente rústico, los paneles de roble, los platos de peltre, los mundillos de cobre y las historias de este tipo, sencillamente me ponen enfermo. Fueran lo que fueran las cosas de antes, no eran pintorescas. Mi madre nunca habría visto ninguna gracia en los muebles con que Wendy había llenado nuestra casa. No le gustaban las mesas con patas de hierro, decía que «uno se pillaba las piernas todo el rato». En cuanto al peltre, no quería en casa nada de «esa cosa grasienta». Y sin embargo, digan ustedes lo que quieran, hay algo que sí teníamos en aquellos tiempos y que no tenemos ahora, algo que probablemente no se puede encontrar en un snack bar de líneas aerodinámicas con la radio a todo gas. Yo había vuelto a Lower Binfield a buscarlo y no lo había encontrado. Pero aún no había perdido del todo la esperanza, ni siquiera en aquellos momentos, en que no me había puesto aún la dentadura y el estómago me pedía a gritos una taza de té y una aspirina.