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El jueves era día de mercado. Desde primera hora de la mañana, hombres de caras coloreadas y redondas como calabazas, con camisas sucias y enormes botas cubiertas de estiércol seco, que llevaban largas varas de avellano, conducían sus animales a la plaza. Durante algunas horas, reinaba allí una terrible algarabía: ladraban los perros y gruñían los cerdos; los comerciantes que querían atravesar la plaza en sus carruajes hacían restallar los látigos y maldecían, y todo aquel que tenía algo que ver con el ganado gritaba y gesticulaba. El jaleo más grande se armaba siempre cuando traían algún toro para vender. Incluso a la edad que yo tenía entonces, me daba cuenta de que la mayoría de los toros eran animales inofensivos y mansos, que sólo querían volver a sus establos en paz. Pero un toro no sería considerado toro si no saliese la mitad del pueblo a fastidiarle. A veces, algún animal aterrorizado, generalmente una vaquilla muy joven, se escapaba y se iba por alguna calle. Entonces, todos los que estaban por allí le salían al paso y se ponían a agitar los brazos hacia atrás, como las aspas de un molino, gritando ¡buuu, buuu! Se suponía que aquello tenía una especie de efecto hipnótico sobre el animal, y ciertamente éste se asustaba.



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