Subir a por aire

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Cuando era muy pequeño aún, al comenzar la guerra de los bóers, tuvo lugar la gran discusión entre mi padre y el tío Ezequiel. Éste tenía una pequeña zapatería en una de las travesías de la Calle Mayor, y hacía también de remendón. Era un negocio pequeño que se reducía cada vez más, pero eso no importaba demasiado, porque el tío Ezequiel era soltero. Era sólo hermanastro de mi padre, y mucho mayor que él, veinte años por lo menos. Durante los quince años, más o menos, que yo le conocí, conservó el mismo aspecto. Era un hombre de apariencia agradable, bastante alto, con el pelo canoso y las patillas más blancas que he visto nunca, blancas como la nieve. Tenía un gesto característico consistente en dar unas palmadas en su delantal de cuero y erguirse mucho —por reacción a las horas que pasaba inclinado sobre la horma, me imagino— y después comenzaba a lanzar sus opiniones a la cara de quien quería escucharle, para terminar con una especie de careo. Era un auténtico liberal al estilo del siglo pasado, uno de aquellos hombres que no sólo acostumbraban a preguntar «¿Qué decía Gladstone en el 68?», sino que además lo sabían, y una de las pocas personas de Lower Binfield que mantuvo las mismas opiniones durante toda la guerra. Siempre estaba denunciando a Joe Chamberlain y a un cierto grupo de gente a los que llamaba «la fauna de Park Lane». Puedo oírle aún hoy en una de sus discusiones con mi padre. «¡Ellos y su vasto imperio! ¡Por mí, que lo extiendan mucho más y se vayan a vivir a la otra punta, je, je!». Y recuerdo la voz de mi padre, una voz tranquila y grave, que le hablaba de la responsabilidad del hombre blanco y de nuestro deber hacia los pobrecitos negros a los que aquellos bóers trataban de manera vergonzosa. Durante una semana o así después de que el tío Ezequiel se declarase pro bóer y anticolonialista, casi no se dirigieron la palabra. Se pelearon otra vez cuando comenzaron a circular las narraciones de las atrocidades cometidas por ambos bandos. Mi padre estaba muy preocupado por las cosas que había oído y se las contó al tío Ezequiel. Anticolonialista o no, le dijo, no podía parecerle bien que aquellos bóers tirasen niños al aire y los ensartasen en las bayonetas, por más que fuesen sólo niños negros. Pero el tío Ezequiel se rió en sus barbas. Dijo que mi padre lo había entendido al revés, que no eran los bóers los que tiraban niños al aire, sino los soldados británicos… Y estuvo un rato agarrándose a mí, que tendría por aquel entonces unos cinco años, para ilustrar la cosa.


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