Indigno de ser humano
Indigno de ser humano —No puedes seguir asà —le dice Yoshiko, su voz apenas un susurro.
Yozo la observa, la piel pálida, los ojos hundidos. Piensa en decirle algo. Tal vez prometerle que cambiará. Que dejará la droga. Pero ¿para qué mentir? Ni siquiera él cree en sus propias palabras.
Los dÃas se convierten en sombras difusas. No recuerda cuándo fue la última vez que comió. No le importa. Su cuerpo es un cascarón vacÃo, un envase desgastado que sigue funcionando por inercia.
Cuando el dueño de la pensión los echa a la calle, ni siquiera se sorprende. Yoshiko llora, pero Yozo ya no tiene lágrimas.
Llega a casa de un viejo conocido, alguien que le debe favores. Se sienta en el suelo, sosteniendo una copa de sake con manos temblorosas.
—Necesito ayuda —susurra.
El hombre lo observa con una mezcla de lástima y desprecio.
—No hay ayuda para tipos como tú.
Yozo rÃe. Porque sabe que es cierto.
Finalmente, despierta en una clÃnica. No sabe quién lo llevó allÃ. No importa. Está vivo. Pero apenas.
—No tiene remedio —susurra un médico, creyendo que él no escucha.