La Patagonia Rebelde
La Patagonia Rebelde Los días del nuevo paro comenzaron con tensión, pero sin violencia. Los peones confiaban en el precedente: si antes se había logrado un acuerdo, esta vez también podrían sentarse a negociar. Portaban banderas blancas. Se reunían en grupo, esperaban comisiones.
Pero los telegramas enviados desde Buenos Aires no hablaban de diálogo. Las órdenes eran precisas: restaurar el orden “por cualquier medio necesario”. El general Varela fue reactivado. El mismo que había pactado antes, ahora regresaba con otra misión.
La estrategia era eficaz en su crueldad. En cada estancia ocupada por huelguistas, el ejército aparecía con promesas. Se enviaban emisarios a caballo, con documentos y palabras dulces: que habría transporte para volver a sus casas, que serían escuchados, que no habría represalias.
—Depongan la huelga, muchachos —decía el teniente Cáceres, joven oficial—. Lo arreglamos todo en el pueblo.
Los peones se entregaban confiados. Subían a los carros. Marchaban de regreso en fila, entre la nieve. Pero al llegar al siguiente destacamento, los esperaban soldados con armas cargadas. A los jefes de columna se los separaba. A los más activos, también.
Luego, la orden seca:
—A cavar.
