La Patagonia Rebelde
La Patagonia Rebelde A la mayoría no les decían nada más. Sólo les daban una pala. El suelo era duro. El viento, constante. Sabían. Pero cavaban igual. No por obediencia, sino por dignidad.
Uno de ellos, al ver la zanja terminada, preguntó:
—¿Y ahora?
—Ahora te metés —dijo el sargento.
No hubo juicios. No hubo actas. Sólo balas. Los cuerpos caían unos sobre otros, envueltos en sus mantas de trabajo. Algunos murmuraban rezos. Otros maldiciones. Todos sabían que estaban pagando por haber levantado la voz.
En estancia La Anita, uno de los centros de mayor resistencia, los fusilamientos se volvieron rutina. En una sola jornada se ejecutaron 200 hombres. Varela no lo ordenaba en voz alta. Miraba. Y con un solo gesto de su bastón, la fila se alineaba.
Los pocos que lograban escapar quedaban marcados de por vida. Algunos se refugiaban en Chile. Otros en las cuevas del sur. Pero incluso allá, la voz del ejército los perseguía como un aliento de muerte.
La prensa, en Buenos Aires, guardaba un silencio culposo. Algunos diarios hablaban de “grupos sediciosos neutralizados”. Otros repetían el discurso oficial: “intervención para preservar la soberanía nacional”.