La Patagonia Rebelde
La Patagonia Rebelde Pero en los galpones vacíos de las estancias, la verdad se apilaba como cuerpos.
La rebelión había sido traicionada. Y ahora, eliminada.
La nieve caía en Santa Cruz con una calma que contrastaba con el horror. Las estancias, una a una, eran recuperadas por el ejército. Pero no para devolverlas al trabajo, sino para limpiarlas de obreros. Las tropas de Varela ya no ofrecían pactos ni coartadas. Avanzaban con listas, con denuncias, con coordenadas marcadas por los patrones. La represión se había vuelto matemática.
En las últimas columnas de huelguistas quedaban los más decididos. Facón Grande entre ellos. Hombre de palabra, de mirada de acero y voz baja. No creía en la violencia, pero tampoco en el olvido. Cuidaba a los suyos como si fueran familia.
—Si caemos, que sea con dignidad —decía, mientras cavaba una trinchera en la madrugada.
Su grupo resistió lo que pudo. Cruzaron campos, eludieron tropas, enviaron emisarios buscando mediadores. Pero los caminos estaban cerrados. Ya nadie escuchaba.
Cerca de Tehuelches, fueron interceptados por una patrulla militar. Los obreros, desarmados, alzaron una bandera blanca. Facón Grande se adelantó, las manos en alto.
—Queremos hablar —dijo.
