La Patagonia Rebelde
La Patagonia Rebelde Pero algo se estaba gestando. En las pulperÃas, en los galpones de esquila, en los muelles, comenzaban a circular ideas nuevas: panfletos anarquistas, charlas nocturnas, palabras que picaban como espinas: justicia , organización , huelga . En RÃo Gallegos y Puerto Deseado, sindicatos tÃmidos empezaban a crecer, nutridos por obreros que venÃan con lecturas, con experiencias europeas, con hambre, pero también con rabia.
Mientras tanto, la estructura colonial persistÃa. Las estancias contaban con apoyo del ejército, de los jueces, de los comisarios. Todo el aparato estatal funcionaba como un guardaespaldas del poder económico.
El germen de la rebelión no era un caudillo, ni un lÃder mesiánico. Era el hartazgo.
Y también era el precio de la lana.
La Primera Guerra Mundial habÃa enriquecido a los estancieros. El precio de la lana se habÃa disparado. Pero con el armisticio, los mercados se desplomaron. En Londres, los fardos patagónicos se apilaban sin compradores. Y en lugar de asumir pérdidas, los patrones las descargaron sobre los peones: reducción de salarios, más horas, más rigor.
—Si no te gusta, te vas. Hay veinte como vos esperando —decÃan los administradores.
Pero nadie se iba. No tenÃan a dónde.
