Amores - Arte de Amar - Sobre la Cosmetica del rostro - Remedios contra el amor

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«¿Qué estás haciendo? —exclamo— ¿adónde te llevas ahora goces que son míos? Mis manos caerán sobre aque30llo que por derecho les pertenece. Esto lo tienes que hacer conmigo y yo contigo en común: ¿por qué un tercero viene a tomar parte de nuestros bienes?» Eso dije y todo lo que el dolor dictó a mi lengua; a ella un vergonzoso rubor le 35subió al rostro culpable; un rubor como aquél con que colorea el cielo la esposa de Titono[26], o como el de una joven cuando la mira su reciente prometido; como resplandecen las rosas entre sus amigos los lirios, o como la Luna, cuando se eclipsa porque han encantado con ensalmos a sus caballos, o como el marfil asirio que, para evitar 40que se ponga amarillo con el transcurso del tiempo, lo tiñe la mujer de Meonia[27]. Ése era el color que ellos teman o muy parecido a alguna de las cosas que he dicho, y ella en ninguna otra ocasión estuvo más hermosa. Miraba al suelo, y mirar al suelo le sentaba bien; había tristeza en 45su expresión, y esa tristeza le sentaba bien[28]. Tal y como estaban sus cabellos (y estaban bien peinados), me dieron ganas de arrancárselos, y de lanzarme contra sus delicadas mejillas. Mas cuando vi su rostro, cayeron mis brazos vigorosos: mi amada se defendió con sus armas. Yo, que poco antes me había mostrado cruel, le pedía suplicante 50y tomando la iniciativa que no por eso me diera besos menos sentidos. Sonrió ella y de todo corazón me los dio lo mejor que pudo, besos tales que podrían quitar a Júpiter encolerizado su arma de tres puntas[29].


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