Cartas de las heroinas - Ibis
Cartas de las heroinas - Ibis Lo demás[367] lo sabe la noche, y nosotros, y la almena,105 nuestra cómplice, y la lumbre que me enseña el sendero a través del mar. Tan innumerables como las algas marinas del Helesponto fueron las delicias de aquella noche. Cuanto menos tiempo se concedÃa a nuestro amor escondido, tanto110 más cuidábamos de que no pasara en balde. Y ya la esposa de Titono estaba a punto de poner en fuga a la noche, y habÃa salido el Lucero, precursor de Aurora. Amontonamos besos apresurados, sin orden ni concierto, y nos quejamos de que tan cortas fueran las horas de la noche. Y tras esa115 demora, que me valió la agria advertencia de la nodriza, dejo la torre en busca de la playa frÃa. Nos separamos llorando y yo regreso al mar de la virgen[368], volviendo mientras podÃa los ojos a mi dueña. Si quieres creer la verdad: mientras iba para allá me consideraba un nadador, al volver, un náufrago.120 Créeme también esto: hacia ti el camino me parecÃa cuesta abajo; y cuando vuelvo de dejarte, una montaña de agua inane. Contra mi voluntad vuelvo a mi patria (¿quién lo creerÃa?). Contra mi voluntad también paso ahora el 125tiempo en mi ciudad. ¡Ay de mÃ![369]. ¿Por qué el mar separa nuestros corazones unidos, y una sola tierra no acoge a dos que son un solo sentimiento? Que tu Sesto me acoja a mà o que a ti te acoja Abido; tanto me gusta a mà tu tierra como a ti la mÃa. ¿Por qué me altero cada vez que se altera el mar? No.130 ¿Por qué algo de tan poco peso, el viento, puede estorbarme? Ya saben los corvos delfines de nuestro amor, y no creo que yo sea ya un desconocido para los peces. Ya se abre la vereda trillada de las aguas de siempre, tal y como135 una carretera pisada por muchas ruedas. Antes me lamentaba de no tener otro camino que este del mar; pero ahora me lamento de que también me falte ése por culpa de los vientos. Las aguas de la Atamántide[370] se llenan de canas con las descomunales olas, y hasta varada en el puerto está poco segura una nave. Me imagino que asà estaba este mar140 cuando acababa de ganarse el nombre que tiene, cuando la virgen se ahogó aquÃ. Y ya este sitio es lo bastante infame por la pérdida de Hele, y aunque a mà me perdona la vida, en su nombre lleva su culpa. Me da envidia de Frixo, que cruzó a salvo estas funestas aguas a lomos de la oveja de 145oro, sobre las lanas de su vellón. Pero no pido la ayuda de una res ni de un barco mientras se me den aguas que mi cuerpo pueda cortar. No necesito ningún instrumento: ¡que se me de la posibilidad de nadar! Yo solo seré el barco, el marinero y el timonel. No me guiaré por Hélice[371], ni por Arctos[372], como suele el marinero de Tiro; mi amor no hace 150caso de las constelaciones al uso. Otro mire a Andrómeda y la brillante Corona, y la Osa parrasia[373] que destella en el frÃo polo. Pero a mà no me gusta que lo que amaron Perseo, LÃber y Júpiter[374] sea la señal de mi peligrosa ruta. Hay otra155 lumbre, para mà mucho más cierta que esas otras, con cuya guÃa mi amor no se extravÃa entre las tinieblas. Mientras yo la tenga a la vista, me atreverÃa a ir a la Cólquide y a los confines del Ponto, por donde hizo su ruta el pino tesalio[375], y podrÃa superar nadando al joven Palemón[376], y al que una160 hierba mágica convirtió de pronto en un dios[377]. Muchas veces mis brazos se quedan sin fuerzas por las continuas brazadas, y en su agotamiento apenas si pueden avanzar por las inmensas aguas. Pero cuando les digo: «Hay una buena paga para vuestro esfuerzo: pronto os daré para que sostengáis el cuello de vuestra dueña», en seguida cobran 165fuerzas y corren por su recompensa, como el caballo corredor librado de la barrera elea[378]. Asà que yo mismo soy siervo de los amores que me abrasan y voy en pos de ti, niña, que serÃas más bien digna del cielo. Digna en verdad del cielo, pero quédate todavÃa en la tierra, o dime por dónde 170también yo puedo subir a los dioses. Estás todavÃa aquà y poco te disfruta tu pobre amante, y a la par que mi cabeza se trastornan los mares. ¿De qué me sirve que no nos separe un mar muy ancho? ¿Nos estorba menos acaso este poco de175 agua? No sé si preferirÃa que todo el universo nos separara y tener igual de lejos mi dueña y mis esperanzas. Como ahora estás más cerca, una llama más cercana me abrasa, y no siempre está conmigo la realidad, pero siempre lo está la esperanza. Casi toco a mi amor con la mano —tanta es su 180cercanÃa—, pero muchas veces ese «casi» me hace saltar las lágrimas. ¿Es esto diferente de pretender coger frutos fugitivos, o de perseguir con la propia boca la esperanza de un rÃo esquivo[379]? ¿Asà que no voy a tenerte si no es cuando lo 185quieran las olas, y no habrá un invierno que me vea feliz, y, no habiendo cosa menos constante que el viento y el mar, en los vientos y en el agua tendré siempre puesta mi esperanza? Y eso que todavÃa es verano; ¿qué pasará cuando la Pléyade y ArctofÃlace y la cabra de Oleno me sacudan el mar[380]? O no conozco mi propia temeridad, o también 190entonces el Amor, nada prudente, me mandará al mar. No creas que esto te lo prometo para un momento que no llegará: no tardaré mucho en darte pruebas de lo prometido. Que siga iracundo el mar todavÃa unas cuantas noches, que verás195 que cruzo las aguas a pesar de ellas. O tengo suerte en la osadÃa y sigo vivo, o la muerte será el fin de mi angustiado amor. Querré de todas formas que el mar me eche por esa parte y que tu puerto recoja mi cuerpo naufragado. Porque200 me llorarás y regalarás mi cadáver con tus caricias y dirás: «De su muerte yo he sido la culpable». ¿No es verdad que te hace daño el presagio de mi muerte, y que esta parte de mi carta te resulta odiosa? Ya lo dejo, no te quejes más. Pero para que también el mar desista de su enfado te pido que sumes tus votos a los mÃos. Necesito una corta tregua mientras205 me traslado allÃ; cuando haya tocado tu orilla, que siga el mal tiempo. Allà hay unos astilleros que se amoldan a mi quilla y mejor no está mi nave en otras aguas[381]. Que allà me encierre el bóreas, donde es dulce parar. Entonces sà me210 costará trabajo nadar, entonces sà seré prudente, y no insultaré a las sordas olas, ni protestaré porque el mar no esté bueno para echarse a nadar. Que me sujeten a la vez los vientos y unos tiernos brazos, y que por esas dos cosas se me retenga allÃ. Cuando lo permita el tiempo usaré los remos215 de mi cuerpo; tú sólo tienes que poner el farol donde se vea. Por el momento, que mi carta pase contigo la noche en mi lugar, y pido al cielo que yo pueda seguir sus pasos lo antes posible.