Cartas de las heroinas - Ibis

Cartas de las heroinas - Ibis

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Pero, por los huesos de mi marido, mal enterrados en precipitada sepultura, huesos que siempre honraré en mis pensamientos, por las valerosas almas de mis tres hermanos,105 mis númenes, que, como debe ser, lucharon por la patria y con ella cayeron, por tu cabeza y la mía, que a la vez unimos, por tu espada[88], un arma que mi gente ha conocido: juro que el micenio[89] no ha compartido nunca el lecho conmigo, y abandóname si te engaño. Si ahora yo te dijera: «Jura 110 tú también, el más valiente[90], que nunca has alcanzado el placer sino conmigo», ¿dirías que no?[91]. Pero los dánaos se creen que tú estás triste… y tú meneando el plectro[92], mientras 115 una dulce amiga te tiene en su tibio seno[93]. Y alguien pregunta tal vez que por qué te niegas a combatir: porque el combate es duro, y dulces la cítara, la noche y el amor. Más seguro se está en la cama, con una muchacha en los brazos, y haciendo sonar la lira tracia[94], que sosteniendo en las manos 120 el escudo y la lanza de aguda punta, y en la cabeza el casco ciñéndote el pelo. Pero a ti antes te gustaba más la fama de las hazañas que la seguridad, y te era dulce la gloria que nacía de combatir. ¿O es que sólo en tanto que me hacías tu esclava aplaudías las guerras fieras, y ahora con 125 mi patria ha desaparecido también tu pundonor? ¡No, por los dioses! ¡Quieran ellos que tu lanza del Pelio, blandida por tu fuerte brazo, atraviese el costado de Héctor! ¡Mandadme a mí, dánaos! Como emisaria rogaré a mi señor y le llevaré vuestros mensajes salpicados con muchos besos. 130 Haré más que Fénix, más que el elocuente Ulises, y más que el hermano de Teucro, creedme. De algo vale acariciar un cuello con las manos de siempre, y recordar a unos ojos que una está delante[95]. Por más fiero que seas, aunque seas más salvaje que el mar de tu madre[96], aunque no me salieran las 135 palabras, te derrotaré con lágrimas. Vuelve también ahora los ojos —¡así[97] Peleo, tu padre, viva los años que debe vivir, así vaya Pirro[98] a la guerra con tus auspicios!— a la angustiada Briseida, valiente Aquiles, no abrases a esta desgraciada con una demora indiferente, corazón de hierro; o, si es que tu amor se ha trocado en hartura de mí, ¡obliga a 140 morir a esta que obligas a vivir sin ti! Que me obligarás, según te portas. Ya me abandona la vida y el color, sólo la esperanza de tenerte sostiene a mi alma. Si también ella me falla, seguiré los pasos de mis hermanos y mi esposo; y no será algo grandioso haber mandado matar a una mujer. ¿Y 145 para qué mandarlo? Ven tú en busca de mi cuerpo, espada en mano, ahora que aún tengo sangre que pueda salirme del pecho herido. ¡Que venga por mí tu espada, ésa espada que de haberlo consentido la diosa[99] se tendría que haber hundido en el pecho del Atrida! ¡Ah! En vez de eso, ¡ojalá me salvaras la vida, que tú me regalaste! La vida que como 150 vencedor habías concedido a una enemiga, te la pido como amiga. La neptunia Pérgamo te brinda gente más propia para sembrar muerte; ¡busca en el enemigo dónde hacer matanza! Mientras a mí, sea que aparejas la flota para botarla, sea que te quedas, mándame que vuelva, con el derecho que te da el ser mi dueño.


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