Cartas de las heroinas - Ibis
Cartas de las heroinas - Ibis ¿A qué esperas ahora? Agamenón se arrepiente de su ira; 85 y toda Grecia está angustiada ante tus plantas. ¡Vence esa soberbia y esa ira, tú que todo lo vences! ¿Por qué sigue Héctor destrozando sin descanso las fuerzas de los dánaos? Coge las armas, Eácida —pero no sin recogerme antes a m×, y en favorable combate aplasta guerreros en 90 desbandada. Por mà nació tu cólera: por mà también se acabe y que sea yo, que fui su origen, la moderación de tu tristeza. No debes creer que es deshonroso ceder a nuestras súplicas; a ruegos de su mujer volvió a las armas el hijo de Eneo[87]. Yo sólo lo sé de oÃdas, tú lo sabes mejor: que, privada de sus hermanos, la madre maldijo el porvenir y la vida de su 95 hijo. Era tiempo de guerra, y él, furioso, soltó las armas y desertó, negándole ayuda a su patria sin conmoverse. Sólo su mujer pudo hacer que su marido cediera —¡tuvo más suerte!—, mientras que mis palabras caen sin ningún peso. Pero eso no me indigna, ni me las he dado de esposa tuya, que sólo era una esclava llamada de vez en cuando a la 100 cama de su señor. Me acuerdo que habÃa una prisionera que me llamaba señora, y yo le dije: «Añades el peso de un tÃtulo al de mi esclavitud».