Cartas de las heroinas - Ibis
Cartas de las heroinas - Ibis Además de eso, corre la voz de que mañana, al despuntar la Aurora, vas a echar tus velas de lino al borrascoso viento Sur. Cuando esa abominación ha llegado a los temerosos oídos de esta desamparada mujer, la sangre y la 60 respiración se me han escapado del pecho. ¿Te vas a ir, oh desgraciada de mí? ¿Y a quién me dejarás abandonada, hombre violento[83]? ¿Quién será mi dulce consuelo cuando me dejes? ¡Que antes me devore de pronto una grieta en la tierra, o que me abrase el fuego candente de un rayo, antes de 65 que sin mí se blanquee de canas el mar, a golpe de los remos de Ftía, y antes de ver, abandonada, cómo se alejan tus barcos! Si añoras ya la vuelta y los dioses patrios, yo no soy una carga pesada para tu barco. Te seguiré como la prisionera a su vencedor, no como una esposa al marido: y 70 tengo buena mano para cardar la lana. Una mujer hermosa, la más bella con mucho entre las aqueas, será la esposa que entre en tu tálamo, y que así sea, digna nuera de su suegro[84], el nieto de Júpiter y Egina, y a la que el anciano Nereo 75 quiera como abuelo[85]. Mientras, tus humildes esclavas y yo, haremos la faena[86] diaria de lana, y nuestros hilos irán vaciando las ruecas rebosantes. Sólo pido que tu mujer no me atormente, que seguro que encontrará la manera de no ser justa conmigo, y no dejes que delante de ti me arranque el 80 pelo, ni digas con liviandad «ésta también ha sido mía». O sí, dejala que haga lo que quiera, mientras no me desprecies y me abandones: ese miedo —ay, desgraciada— me ha sacudido los huesos.