Cartas de las heroinas - Ibis

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Pero que se me devuelva, ya que así tenía que ser. Ausente tantas noches, no se me reclama. Te quedas indiferente, y tu cólera es tibia[77]. El propio hijo de Menecio[78], cuando me devolvías, me decía al oído: «¿Por qué lloras, si estarás 25 de vuelta dentro de muy poco?». Poco es que no me hayas reclamado: luchas por que yo no vuelva, Aquiles[79]. Pero ¡venga!, sigue dándotelas de amante apasionado. Fueron a verte el hijo de Telamón y el de Amíntor[80], el uno cercano a ti por sangre, el otro por ser compañero tuyo, y con 30 ellos el hijo de Laertes, para que yo regresara con ellos (y con grandes regalos hicieron más atractivas sus súplicas[81]): veinte aguamaniles dorados, de fina orfebrería de bronce, y siete trípodes, iguales en el arte que en el peso. Se sumaban a eso diez talentos de oro, una docena de caballos que no 35 conocen la derrota, y, aunque estaba de más, unas muchachas de Lesbos muy hermosas, cuerpos hechos prisioneros al aniquilar sus casas; con todo ello —aunque no te hace falta—, una esposa, una de las tres jóvenes hijas de Agamenón. ¿Y cómo es que, si hubiera sido yo la que tenías que 40 recobrar del Atrida pagando un rescate, cómo es que te niegas a aceptar lo que tendrías que haber pagado tú? ¿Qué he hecho yo para valer tan poco a tus ojos, Aquiles? ¿A dónde ha huido el amor, tan rápido y tan inconstante, de mi lado? ¿Es que quizá a los que sufren los agobia y aprieta más la mala suerte, y por eso no les llega un respiro de alivio a mis pretensiones? He visto convertida en ruinas por tu furia 45 guerrera la muralla de Lirneso, y aquí estoy yo misma, que he sido una gran parte de mi patria. He visto morir a mis tres hermanos, compañeros de nacimiento y muerte, cuya madre era también mi madre. He visto a mi marido, tan grande como era, desplomado en un charco de sangre que brotaba 50 de su pecho agonizante. Tantas cosas como he perdido, las he compensado todas sólo contigo: tú has sido mi señor, mi marido y mi hermano. Tú me juraste por la santidad de tu madre, diosa del mar[82], que era bueno que tú me hubieras hecho tu prisionera —ya veo que para repudiarme, aunque 55 no haya venido sin dote, y para abandonar conmigo las riquezas que por mí se te ofrecen.


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