Cartas de las heroinas - Ibis

Cartas de las heroinas - Ibis

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85 Deja tú la dureza para el monte y para sus bosques, que yo no merezco ser carne de tus matanzas. ¿De qué te sirve[116] ejercitar la pasión de la arremangada Diana y quitarle a Venus su parte? Lo que no tiene su correspondiente descanso 90 no dura; el descanso repara las fuerzas y restablece el cuerpo cansado. El arco (sigue el ejemplo de las armas de tu Diana), si nunca dejas de tensarlo, se afloja. Céfalo era muy conocido en los bosques, y muchos animales habían caído 95 por los prados víctimas de sus heridas; y sin embargo no se entregaba a disgusto al amor de la divina Aurora, que con buen juicio se iba con él dejando a su viejo esposo[117]. Muchas veces bajo las encinas un prado cualquiera albergó los amores de Venus y el hijo de Cíniras. El hijo de Eneo se 100 enamoró de la menalia Atalanta; ella tiene la piel de la fiera[118] como prenda de su amor. Ya es hora de que a nosotros se nos cuente entre esta gente; si quitas a Venus, tu bosque se hace zafio. Yo seré tu compañera, y no me asustarán las cavernas rocosas ni el colmillo torcido del terrible jabalí. Olas de dos piélagos baten los dos costados del Istmo, y la 105 estrecha franja oye a los dos mares. Aquí a tu lado me haré de Trecén, reino de Piteo; ya amo más a esa tierra que a la mía propia. Hace tiempo que no está el héroe descendiente de Neptuno[119], y todavía tardará, porque lo detienen las riberas 110 de su Pirítoo. Si no negamos la evidencia, Teseo ha preferido a Pirítoo antes que a Fedra, y a Pirítoo antes que a ti.


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