Cartas de las heroinas - Ibis
Cartas de las heroinas - Ibis No porque parezca que vaya a unirme yo, tu madrastra, 130 contigo, mi ahijado, deben encogerte el corazón esos nombres vacÃos[125]. Esa antigua piedad, que se llegarÃa a perder con el tiempo, existÃa cuando Saturno ejercÃa su agreste poderÃo[126]. Júpiter dictaminó que serÃa buena cualquier cosa que gustara, y la hermana casada con el hermano[127] hace 135 que todo sea lÃcito. Se ciñe con sólida cadena la unión de sangre a la que la propia Venus ha echado sus nudos. Y tenerlo oculto no cuesta mucho, ¡se puede! PÃdele a ella ese favor[128]; con la excusa de nuestro parentesco se podrÃa ocultar el pecado. Que alguien nos ve abrazarnos: se nos alabará 140 a los dos, se dirá que soy una buena madrastra con mi hijastro. No tendrás que ir entre tinieblas[129] a abrir las puertas de un marido severo, no habrá un guardián al que burlar. Igual que una misma casa nos ha acogido a los dos, una misma casa nos seguirá acogiendo. Me besabas sin esconderte, sin 145 esconderte me seguirás besando. Conmigo estarás seguro, y merecerás alabanzas por tu pecado, aunque llegaran a verte en mi cama. Deja de perder el tiempo y cierra rápido el pacto[130]. Ese Amor, que está siendo tan cruel conmigo, ojalá se apiade de ti a cambio. No me avergüenzo de pedÃrtelo de rodillas, como una suplicante[131]. ¡Oh! ¿Dónde está mi orgullo 150 y las palabras altaneras? Han muerto. Yo estaba segura de poder luchar mucho tiempo y de no ceder al adulterio… —como si el amor tuviera algo seguro—. Ahora derrotada te suplico y tiendo hacia tus rodillas mis brazos de reina. El que ama no sabe lo que es la vergüenza[132]. He perdido el 155 pudor: ha desertado, abandonando sus estandartes. Perdona a esta rea confesa y domeña tu duro corazón. Aunque mi padre sea Minos, que domina los mares, aunque los rayos provengan de mi bisabuelo[133] que con su mano los lanza, aunque mi abuelo[134] tenga la frente cercada de agudos rayos, y sea él quien conduce la luz templada del dÃa sobre su carro luminoso —toda mi nobleza se rinde ante el amor—: ten 160 compasión de mis antepasados, y si no te da pena de mÃ, apiádate al menos de los mÃos.