Cartas de las heroinas - Ibis
Cartas de las heroinas - Ibis Era el momento[215] en que la tierra acaba de esparcir los cristales de la escarcha y se quejan los pájaros ocultos en las frondas. Sin acabar de espabilarme, atontada de sueño, moví las manos medio dormida para abrazarme a Teseo: no 10 estaba; vuelvo a echar los brazos y busco otra vez pasando los brazos por toda la cama: no estaba. Los miedos me despejaron el sueño; me incorporo aterrada y de un salto salgo del lecho vacío. Resonó al punto mi pecho a los golpes de 15 mis palmas y tiro de mis cabellos, despeinados como estaban del sueño. Había luna; me esfuerzo por ver algo más allá de la costa; pero los ojos no alcanzan a ver nada más allá. Corro sin tino de acá para allá, de un lado a otro; la20 espesa capa de arena refrena mis pies de muchacha. Y, mientras gritaba por toda la playa «¡Teseo!», las cóncavas rocas me devolvían tu nombre, y cuantas veces yo te llamaba, otras tantas te llamaba aquel paraje; hasta el propio paraje quería ayudar a esta pobre. Había un monte; pocos arbustos25 se ven en su cima; de allí cuelga un risco comido por el ronco oleaje. Me subo; la rabia me daba fuerzas; y así mido con la vista a lo lejos el ancho mar. Desde allí vi tus velas de lino que hinchaba un fuerte viento sur[216] —pues también 30he tenido malos vientos—. Ya las viera, o ya fuera que me parecía haberlas visto, me quedé fría como el hielo y medio muerta. Pero el dolor no permitió que fuera muy largo mi desmayo. Con él me reanimo, y una vez reanimada llamo a Teseo con todas mis fuerzas. «¿A dónde huyes?», grité,35 «¡Vuelve, Teseo, criminal, vira tu nave, que no va completa!». Eso decía, y donde me fallaba la voz ponía golpes de dolor; los golpes se confundían con mis palabras. Por si no40 me oías, para que al menos me pudieras ver, agitaba las manos haciendo signos desde lejos, y puse un velo blanco en una rama larga, para que te avisara de que sin duda te habías olvidado de mí. Y ya te habías arrancado de mis ojos: entonces por fin me puse a llorar; hasta entonces había45 tenido mis tiernas mejillas embotadas de dolor. ¿Qué iban a hacer mis ojos sino llorar por mí, después de que habían dejado de ver tus velas? Y yo ya vagaba sola y sin rumbo, con el pelo revuelto, como una bacante excitada por el dios Ogigio[217]; o ya me quedaba sentada en una roca, yerta,50 mirando el mar, y tan de piedra era yo misma como mi asiento. Volví muchas veces al lecho que nos acogió a los dos, y que no iba a volvernos a tener juntos, y toco tus huellas en vez de a ti, lo único que puedo, y las sábanas que abrigaron tu55 cuerpo. Me acuesto, y cuando la cama rebosaba de lágrimas caídas, le digo a gritos: «Éramos dos al acostarnos, ¡devuélvenos a los dos! Aquí entramos los dos, ¿por qué no salimos juntos? Cama traidora, ¿dónde está la parte más grande de mi corazón?».