Cartas de las heroinas - Ibis
Cartas de las heroinas - Ibis 5Mi mano derecha sostiene la pluma, la otra mano una espada desenvainada[228], y en mis rodillas reposa la hoja desenrollada. Esa es la imagen de la hija de Éolo mientras escribe a su hermano; creo que así podría complacer a nuestro cruel padre. Me gustaría que él estuviera aquí como espectador de mi muerte y poner punto final a la obra ante10 los ojos de su autor[229]. Como es salvaje y mucho más brutal que sus euros, hubiera visto mi herida con las mejillas secas. Se ve que de algo le sirve vivir con los crueles vientos; él cuadra bien con la naturaleza de sus súbditos. A él se15 someten el noto, el céfiro, el sitonio aquilón, y tus alas, euro caprichoso. Le obedecen, ¡ay!, los vientos, pero no su cólera violenta, y es soberano de unos reinos menores que sus propios defectos. ¿De qué me sirve alcanzar el cielo en los nombres de mis abuelos y poder contar a Júpiter entre20 mis parientes? ¿Dejo de tener por eso en mis manos de mujer, regalo de muerte, un hierro enemigo, un arma[230] impropia de mí? ¡Ay, ojalá, Macareo, la hora que nos unió a los dos en uno hubiera llegado después mi muerte! ¿Por qué,25 hermano, me amaste más que un hermano y fui para ti lo que no debe ser una hermana? Yo también sentí la pasión[231], y como lo había oído siempre, sentí en mi corazón ardiente a no sé qué dios. El color se me fue de la cara, se me enflaqueció el cuerpo, y la boca, obligada, apenas 30probaba bocado; no tenía el sueño tranquilo, y la noche se me hacía un año, y sin padecer ningún dolor daba continuos gemidos. No podía explicarme la causa de todo lo que me pasaba, ni sabía qué era estar enamorada; y era aquello. La35 primera que se barruntó el mal fue mi nodriza, con su corazón de vieja, fue mi nodriza la primera que me dijo: «Tú estás enamorada, hija de Éolo». Me puse colorada y la vergüenza me hizo bajar la vista a mi regazo; eso era signo suficiente de confesión sin palabras.