Cartas de las heroinas - Ibis
Cartas de las heroinas - Ibis 40Y ya se me hinchaba la carga en el vientre culpable, y el peso furtivo entorpecía mi débil cuerpo. ¡Qué hierbas y qué brebajes no me trajo mi nodriza aplicándolo por debajo con mano atrevida para que se desprendiera la carga que crecía dentro de mis entrañas —esto es lo único que te he ocultado—!45 ¡Ay! El niño, demasiado fuerte, resistió las artes que con él se emplearon y permaneció a resguardo de su oculto enemigo. Ya se había levantado nueve veces la hermosísima hermana de Febo[232], y la décima Luna espoleaba los caballos de la luz; no sabía qué cosa me producía dolores repentinos,50 pues en partos yo era ignorante y soldado bisoño. No pude reprimir un grito; la vieja confidente me dijo: «¿Cómo que delatas tu pecado?», y me tapó la boca que gritaba. ¿Yo qué podía hacer, pobre de mí? El dolor me obliga a dar gemidos pero el temor y mi ama, y la propia vergüenza, me lo55 impiden. Contengo los gemidos, me trago las palabras que se me escapan, y me obligo a beberme mis propias lágrimas. La muerte estaba ante mis ojos y Lucina me negaba la ayuda, y si moría, la muerte era también grave infamia; entonces inclinado sobre mí, con la túnica y el pelo desgarrados,60 me reconfortaste el pecho al calor del tuyo, y me dijiste: «Vive, hermana, oh, queridísima hermana, vive y no pierdas dos cuerpos en uno solo. Que la buena Esperanza te de fuerzas; porque serás la futura esposa de tu hermano,65 serás la mujer del que te ha hecho madre». Estaba muerta, créeme, pero con tus palabras volví a vivir, y solté de mi vientre el que era mi carga y mi pecado. ¿De qué te felicitas? Éolo está sentado en medio de su palacio; el pecado debe sustraerse a los ojos de nuestro padre. Entre el grano, entre ramas de blanco olivo y con ligeras bandas oculta al70 niño la diligente anciana[233] y finge hacer un sacrificio diciendo palabras rituales; el pueblo y mi propio padre abren paso al sacrificio. Ya estaba cerca el umbral, cuando un vagido llegó a oídos de mi padre y el niño se delata con su señal. Éolo nos lo arranca y desvela el sacrificio fingido. El75 palacio retumba con sus voces de loco. Como se estremece el mar cuando lo agita una suave brisa, como se agita el fresno al soplo del tibio noto, así habrías visto temblar mi pálido cuerpo; se agitaba con mi temblor el lecho donde yo80 yacía. Prorrumpe y proclama a gritos mi oprobio y a duras penas mantiene las manos lejos de mi pobre cara. Yo no podía hacer más que derramar lágrimas, muerta de vergüenza, con la lengua paralizada por un miedo helado. Y ya había85 ordenado que se echara el pequeño nieto a los perros y las aves, y que se abandonara en un sitio solitario. El pobre dio un vagido —parecía que lo hubiera entendido— y con los sonidos que podía suplicaba a su abuelo. ¿Cómo crees que me sentí, hermano (puedes averiguarlo por tus sentimientos),90 cuando delante de mí un enemigo se llevaba mis entrañas a bosques impenetrables para que fuera pasto de los montaraces lobos? Salió de mi habitación. Entonces fue cuando me golpeé el pecho y me arañé la cara con las uñas. A esto que llega un guardián de mi padre con el rostro95 abatido y salieron de su boca estas indignas palabras: «Éolo te envía esta espada —y me la entregó— y te manda que imagines, por tus actos, para qué debe servir».