Cartas de las heroinas - Ibis
Cartas de las heroinas - Ibis [Si hubiera podido no leer lo que he leÃdo, Paris, salvarÃa, como hasta ahora, mi condición de mujer honesta]. Ahora que tu carta ha violado mis ojos, la gloria de no responder me parece algo banal. ¡Te has atrevido, extranjero, a5 mancillar la sagrada hospitalidad poniendo a prueba la legÃtima fidelidad de una esposa! ¿Asà que para esto te ha recogido el puerto de la ribera de Ténaro cuando eras juguete de los mares y del viento? No tuvo para ti nuestro palacio cerradas sus puertas —aunque venÃas de un pueblo distinto 10y lejano—, para que la injuria fuera el agradecimiento de tan gran servicio[334]. ¿Era huésped o enemigo el que asà entraba? No me cabe duda de que esta queja mÃa, aunque tan justa, será tachada de simple según tus criterios. Pues15 muy bien, sea yo simple[335] mientras no me olvide del pudor, y mientras el curso de mi Vida prosiga sin mancha. Si bien no pongo una expresión triste e hipócrita en la cara, y si no ando por ahà sentada, huraña y con el ceño fruncido, pese a ello, mi reputación está reluciente y he jugado hasta ahora20 sin pecado, y sin que ningún adúltero haya hecho de mà su trofeo. Lo que más me asombra es la osadÃa de tus intenciones, y el motivo que te lleva a hacerte ilusiones sobre mi lecho. ¿O es que porque el héroe descendiente de Neptuno[336] me hizo fuerza, ya por el primer secuestro parece 25lógico que se me secuestre otra vez? Yo tendrÃa la culpa si hubiese consentido; pero si se me raptó, ¿qué era lo mÃo, sino resistirme? Mas no se llevó él el fruto que buscaba en su acción, y volvà sin que pasara nada, fuera de pasar miedo. Unos cuantos besos nada más pudo robarme y a 30viva fuerza ese atrevido: nada más allá tiene él de mÃ. Tú, según es tu descaro, no te habrÃas conformado con eso. Gracias al cielo, él no era igual que tú. Me devolvió intacta, y su comedimiento hizo menos grave su culpa, y es evidente que hoy se arrepiente de la ocurrencia de su mocedad.35 Teseo se arrepintió para que ahora Paris le siga los pasos: ¿es que nunca se va a caer mi nombre de la boca de la gente? Y no me indigno —¿quién puede enojarse con un enamorado?—, siempre que no sea simulado el amor que dices. Aunque incluso de eso dudo, no porque me falte40 confianza en mà misma, ni porque no sea bien sabedora de mi hermosura, sino porque la ingenuidad suele hacerles gran perjuicio a las jóvenes, y se dice que vuestra[337] palabra carece de valor. «Pecan las otras y rara es la casada que es fiel». Pero ¿quién impide que mi nombre esté entre esas45 pocas? Quizá porque mi madre te ha parecido buen modelo, esperas que yo, según su ejemplo, también pueda caer: en lo que hizo mi madre, burlada bajo una falsa apariencia, hubo un engaño, porque el adúltero estaba escondido en sus plumas[338]. Yo si pecara no puedo haber ignorado nada, ni habrá engaño ninguno que ampare la culpa del delito. Bien50 le fue a ella el engaño, y corrige su falta gracias al autor; pero ¿quién es aquà el Júpiter gracias al cual se dirá que he sido yo afortunada en mi culpa? Presumes de linaje, de antepasados y de reales apellidos; esta casa es ya suficientemente grande por su propia nobleza. No se hable de Júpiter, 55bisabuelo de mi suegro, y de toda la casta de Pélope el Tantálida y de Tindáreo; Leda, engañada por un cisne, me da por padre a Júpiter, aquella que acarició, ingenua, en su regazo a un ave fingida. ¡Vamos, ponte a hablar ahora de los remotos ancestros del pueblo frigio, de PrÃamo y de su60 Laomedonte! Yo los estimo; pero el que es tu mayor gloria es el quinto, y ese mismo es el primero contando desde mi persona[339]. Aunque piense que es poderoso el cetro de tu tierra, no creo con todo que éste sea menor que el tuyo. Si 65bien es verdad que este lugar es superado por vuestras riquezas y vuestra multitud de varones, no es menos cierto que tu paÃs es bárbaro. Desde luego tu rica carta promete tan grandes presentes que podrÃan conmover hasta a las mismÃsimas diosas. Pero si de verdad quisiera traspasar las fronteras del pudor, tú serÃas mejor motivo para mi delito. O yo70 conservaré por siempre mi fama sin mancha, o bien te seguiré a ti, más que a tus regalos. Y asà como no los desprecio, del mismo modo los regalos mejor recibidos son siempre los que el donante vuelve valiosos[340]. Mucho más75 es el que me ames, el que sea para ti el motivo de tu esfuerzo, el que tu esperanza venga atravesando tan inmensos mares. También noto esas cosas[341] que haces, malvado, ahora cuando estamos a la mesa, aunque intento disimularlo: cuando ora me miras, lascivo, con tus desvergonzados80 ojos, cuya apremiante mirada apenas pueden soportar los mÃos, ora suspiras, ora coges la copa que está a mi lado y por la misma parte que yo he bebido bebes tú también. ¡Ay, cuántas veces he notado que con los dedos, que con las85 cejas, que casi hablaban, me hacÃas señales ocultas! Y muchas veces he temido que mi marido las viera, y me he ruborizado con esas señales mal disimuladas. Muchas veces en un murmullo, o entre dientes, me he dicho: «A éste no le da vergüenza nada», y esas palabras han resultado verdaderas. En el redondel de la mesa he llegado a leer debajo de 90mi nombre un «te quiero» que con vino habÃan trazado unas letras. Me negué a creer lo que mis ojos se negaban a admitir. ¡Ay de mÃ, que ya he aprendido yo a poder hablar de la misma forma! Si tuviera que caer, caerÃa ante esos halagos: 95ellos sà podrÃan conquistar mi corazón. Confieso que tienes además una belleza poco común, y que una muchacha puede muy bien querer caer en tus brazos. Pero es mejor que otra tenga esa fortuna sin pecado, y no que mi pudor se rinda a un amor extranjero. Aprende con mi ejemplo a poder 100pasar sin las cosas bellas; es virtud abstenerse de bienes placenteros[342]. ¿Cuántos mozos crees que hay que desean lo mismo que tú deseas? ¿O es que Paris es el único en el mundo que tiene ojos para ver? No ves tú más que nadie, sino que a más te atreves, temerario; no tienes más corazón, sino más cara dura. Quisiera que hubieras venido en tu rápida105 nave en aquel otro tiempo en que mi virginidad era el blanco de mil pretendientes. De haberte visto a ti, habrÃas sido el primero de todos, hasta mi marido darÃa su venia a mi veredicto. Llegas tarde a un deleite que ya posee otro dueño y lo disfruta. Has sido lento[343] en tu esperanza; lo110 que vienes a buscar es de otro. Sin embargo, aunque deseara convertirme en tu esposa troyana, también es verdad que Menelao no es mi dueño contra mi voluntad. Deja, por favor, de trastornar mi delicado corazón con tus palabras y no hagas daño a la que dices amar; deja que se preserve el 115destino que la fortuna me ha dado y no te apoderes del afrentoso despojo de mi pudor. Pero dices que Venus te lo ha prometido y que en los valles del alto Ida se te mostraron desnudas tres diosas; y que mientras una te ofrecÃa el poder y la otra la gloria en la guerra, te dijo la tercera: «Te haré esposo 120de la Tindárida». En verdad doy poca fe a que los cuerpos celestiales sometieran su figura a tu parecer. Y aunque eso fuera verdad, de seguro que la segunda parte es mentira, donde se dice que yo seré entregada por premio a tu veredicto. No estoy tan engreÃda con mi cuerpo como para 125pensar que he sido el máximo galardón a juicio de una diosa.
