El arte de amar
El arte de amar Si hubiese desistido la mujer cretense[48] de su amor por Testes (¡y que gran esfuerzo es ser capaz de carecer de un solo hombre!), Febo no habría interrumpido su camino a la mitad ni habría hecho girar su carro y dado la vuelta a sus caballos para re330gresar a la Aurora. La hija de Niso que robó a su padre el cabello de púrpura, oprime perros rabiosos con su pubis y sus ingles[49]. El que logró escapar de Marte en la tierra y de Neptuno en el mar, el Atrida, cayó cruelmente, vícti335ma de su esposa[50]. ¿Quién no ha llorado el incendio de Creúsa de Éfira, y la madre que se manchó de sangre por el asesinato de sus hijos?[51]. Fénix, el hijo de Amíntor, lloró por las órbitas vacías de sus ojos[52]; a Hipólito lo destrozasteis vosotros, caballos, cuando os asustasteis[53]. ¿Por qué, Fineo, sacas los ojos a tus hijos inocentes? 340Ese castigo ha de caer otra vez sobre tu cabeza[54]. Todo eso lo ha provocado la pasión de las mujeres. Es más violenta que la nuestra y tiene más de locura. Así que, ea, no dudes en tener esperanzas acerca de todas las mujeres: apenas habrá una, entre las muchas que hay, que te dé una negativa. Tanto las que acceden como las que se niegan, 345se alegran no obstante de que se las corteje. Aunque quedes defraudado, la negativa no tiene para ti mayores consecuencias. Mas ¿por qué vas a ser defraudado, si siempre resulta apetecible un placer nuevo, y lo ajeno cautiva el espíritu más que lo propio? Es más fértil siempre la cosecha en los campos ajenos y el ganado vecino tiene las 350ubres más cargadas de leche.