El arte de amar
El arte de amar Que la cera derretida sobre lisas tablillas explore el vado, que la cera empiece por ser la cómplice de tus propósitos. Lleve ella escritas tus ternezas y palabras que imiten las de los enamorados y, sea cual 440fuere tu rango, añade súplicas y no pocas. Aquiles, conmovido por las súplicas, entregó a Príamo el cadáver de Héctor; una divinidad airada se doblega ante una voz suplicante. Haz promesas, pues ¿en qué te perjudican las promesas?, cualquiera puede ser rico en promesas. La Espe445ranza, una vez que se le ha dado crédito, se mantiene durante mucho tiempo: es una diosa engañosa, verdaderamente, pero que sin embargo presta sus servicios. Si llegas a hacer algún regalo, podrás ser relegado calculadamente: se llevará lo que tú le dejaste y no habrá perdido nada. Pero lo que no le regalaste, que siempre parezca que vas 450a regalárselo: así muchas veces un campo estéril engañó a su dueño; así el jugador, para no perder, no cesa de perder y vuelve a llamar al dado una y otra vez a sus manos ambiciosas. Ésta es la meta, éste el objetivo: unirte a ella sin haberle regalado nada antes; y para no darte 455gratis lo que ya te dio, te lo seguirá dando. Así pues, ea, vaya escrita tu carta con palabras cariñosas, y tantee la disposición de ánimo, probando el camino antes que tú. Un mensaje escrito sobre una manzana engañó a Cidipe y, sin darse cuenta, quedó prisionera la muchacha de sus propias palabras[62].