El arte de amar
El arte de amar 525Hete aquà que LÃber reclama a su poeta[71]. También él ayuda a los enamorados y favorece la llama en la que él mismo se abrasa. La joven de Cnoso vagaba fuera de sà por las playas desconocidas donde las aguas del mar azotan a la diminuta DÃa[72]; y tal como se habÃa despertado de su sueño, cubierta con 530una túnica desceñida, con los pies descalzos, sin recoger su azafranada cabellera, daba voces llamando al cruel Teseo junto a las sordas olas y regaba sus tiernas mejillas con una lluvia inmerecida de lágrimas. Gritaba y lloraba al mismo tiempo, pero ambas cosas la hermoseaban: no 535la afearon sus lágrimas[73]. Y golpeándose ya sin cesar con las palmas el blando pecho, dijo: «¡Ese traidor se ha marchado!, ¿qué será de mÃ?» «¿Qué será de mÃ?», dijo, y resonaron cÃmbalos en toda la playa y panderetas tocadas por una mano en delirio. Cayóse al suelo presa del 540pánico y dejó en suspenso sus últimas palabras; en su cuerpo desmayado no quedaba gota de sangre. Hete aquà las Mimalónides[74] con los cabellos derramados por las espaldas; hete aquà los saltarines Sátiros, comparsa que va abriendo camino al dios. Borracho, hele aquÃ, el anciano Sileno apenas si puede sostenerse sobre un asno de lomo encorvado y agarrándose a las crines se sujeta con destreza[75]. Mientras persigue a las Bacantes, las Bacantes lo 545esquivan y lo buscan, y cuando pegaba a su cuadrúpedo con un palo, mal jinete, se escurrió del orejudo asno y cayó por la cabeza. Los Sátiros gritaron: «levántate, ea, levántate, padre.» Ya el dios sobre su carro, al que habÃa recubierto por encima de uvas, aflojaba las riendas dora550das a la yunta de tigres, y el color y Teseo y la voz huyeron de la joven; tres veces quiso huir y otras tres veces quedó paralizada de espanto. Se estremeció igual que las espigas sin fruto mecidas por el viento y tembló como la frágil caña en una laguna cenagosa. Y el dios le dice: 555«heme aquÃ, aquà me tienes, amor más fiel para ti; no tengas miedo, joven de Cnoso, serás la esposa de Baco. Acepta el cielo como regalo: te contemplarán como estrella en el cielo[76]; muchas veces tú, Corona cretense, guiarás a la nave incierta de su rumbo.» Asà habló y, para que no se asustara ella de los tigres, saltó del carro —la arena 560cedió al poner en ella el pie—[77], la rodeó con sus brazos y, puesto que ella no tenÃa fuerzas para oponerse, se la llevó: para un dios es cosa fácil poderlo todo. Unos dicen cantando: «¡Himeneo!», otros gritan: «¡Evión, Evoé!»[78]. Y asà la novia y el dios se unen en el tálamo sagrado.