El arte de amar
El arte de amar 705Es evidente que, del mismo modo que a la mujer le da vergüenza tomar la iniciativa, asÃ, cuando es el hombre el que empieza, consiente en ello gustosamente. ¡Ah! demasiada confianza tiene en su propia belleza el hombre, quienquiera que sea, que aguarda a que ella lo solicite en primer lugar. Sea el hombre el primero en acercarse, diga él las palabras suplicantes; 710que ella escuche afablemente las súplicas cariñosas. Para hacerla tuya, implórala: ella sólo desea que la imploren, expón el motivo y principio de tu deseo. Júpiter se acercaba en tono suplicante a las antiguas heroÃnas, ninguna mu715jer sedujo al gran Júpiter. No obstante, si te das cuenta de que por tus súplicas aumenta su orgullo altanero, abandona tu propósito y da marcha atrás. Muchas desean lo que huye de ellas y odian aquello que las acosa: evita que se cansen de ti, acosando con menos insistencia. Y no siempre el que suplica debe confesar sus anhelos amorosos: que el amor penetre recubierto bajo el nombre de la amis720tad. Empezando asà he visto yo cómo se engañaba a una joven intratable: el que habÃa sido su amigo se convirtió en su amante.