El arte de amar
El arte de amar Una leyenda bien conocida, mas no por eso indigna de que la recuerde, es la de la unión de la joven de Esciros con el héroe de Hemonia[87]. Ya la diosa que mereció vencer a las otras dos al pie del monte Ida había entregado la funesta recompensa por el elogio de su belleza[88]; ya una nuera procedente de comar685cas lejanas había llegado al palacio de Príamo, y en las murallas de Ilio había una esposa griega[89]. Todos prestaban su juramento al esposo ofendido, pues el dolor de uno solo se convirtió en asunto de interés público. Pero Aquiles (vergonzosa conducta, si no fuera porque cedió en ello a los ruegos de su madre) había escondido su virilidad 690bajo una túnica larga. ¿Qué haces, Eácida? No es la lana tarea digna de ti. Tú buscarás tus honores en el otro arte de Palas[90]. ¿Qué tienes que ver tú con los canastillos? Tu mano está hecha para embrazar el escudo; ¿por qué sujetas en esa tu diestra, que derribará a Héctor, un ovillo 695de lana? Arroja esos husos en los que se enrolla el hilo laborioso; tu mano ha de blandir la lanza del Pelio[91]. Por azar se acostaba en el mismo tálamo la princesa: ella descubrió al ser violada que aquél era un varón. Es verdad que fue doblegada por la violencia (eso conviene creer), 700pero no obstante quiso ella ser doblegada por la violencia. Una y otra vez le dijo «quédate», cuando ya Aquiles, apresurándose para marchar, había dejado la rueca y empuñado las robustas armas. ¿Dónde está ahora la violencia que decías? ¿Por qué retardas a tu violador, Deidamía, con palabras zalameras?