Metamorfosis

Metamorfosis

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Primero surgió la edad del oro, en la que de forma espontánea, sin defensores y sin leyes, se respetaban la rectitud y la lealtad. No existían el castigo y el miedo, no se leían palabras de amenaza grabadas en tablas de bronce, no temía las palabras del juez una muchedumbre de suplicantes: sin que nadie los defendiera estaban protegidos. El pino, talado en sus altas montañas, todavía no había descendido a las líquidas olas para recorrer y explorar el mundo, y los mortales no conocían más costas que las suyas. Las ciudadelas todavía no estaban rodeadas por profundos fosos, y no existían ni la recta trompeta ni el corvo cuerno de bronce, ni el casco ni la espada: las gentes vivían seguras sumidas en el blando ocio, sin tener que recurrir a los soldados. Y la misma tierra también, sin que el rastrillo la tocara ni la hiriera el arado, producía por sí misma todas las cosas; y contentándose con los alimentos que nacían sin que nadie los forzara, recogían los frutos del madroño y las fresas de monte, las ciruelas del cornejo y las moras adheridas a las zarzas espinosas, y las bellotas que caían del gran árbol de Júpiter[12]. Era una eterna primavera, y plácidos céfiros mecían suavemente con su tibio soplo flores nacidas sin semilla; además, la tierra producía sus frutos sin ser arada, y los campos estaban rubios de espigas cargadas de trigo sin que hubiera que alternar los cultivos. Corrían ríos de leche y de néctar, y la miel dorada goteaba de la verde carrasca.


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