Metamorfosis
Metamorfosis Por el contrario, Alcítoe, hija de Minias, no cree que haya que participar en las orgías del dios, e incluso llega a negar, temeraria, que Baco sea hijo de Júpiter; sus hermanas la acompañan en su sacrilegio. El sacerdote había ordenado que siervas y señoras, dispensadas de sus tareas, se vistieran con pieles y desataran las cintas de sus cabellos, cubriesen sus cabezas con guirnaldas y empuñaran frondosos tirsos, y había vaticinado que la ira del dios sería terrible si era ofendido. Todas obedecen, matronas y jóvenes, y abandonan las telas, los cestillos y la lana sin hilar, ofrendan incienso e invocan a Baco llamándole Bromio y Lieo[1], el nacido del fuego, el dos veces nacido, el único que ha tenido dos madres; a estos nombres añaden los de Niseo y Tioneo el intonso, y junto al de Leneo el de plantador de la uva que da la alegría, Nictelio, padre Eleleo, Iaco, Euhan, y todos los demás apodos, que tienes, oh Líber, en las ciudades de Grecia. Porque tú gozas de juventud imperecedera, tú eres el eterno niño, tú, bellísimo, eres admirado en el alto cielo, y tu rostro, cuando te muestras sin cuernos[2], es como el de una virgen; tú has conquistado el Oriente, hasta donde el lejano Ganges baña la negra India. Tú, dios venerable, mataste al sacrílego Penteo y al sacrílego Licurgo, el del hacha de doble filo[3], y enviaste al mar los cuerpos de los tirrenos. El yugo de tu carro oprime el cuello de dos linces engalanados con riendas de colores; te siguen bacantes y sátiros, y el viejo que, ebrio, se apoya tambaleante en un bastón, y apenas puede sostenerse sobre el arqueado lomo del asno[4]. Por dondequiera que vas resuena un clamor juvenil unido a voces de mujeres, un sonido de tamborcillos golpeados con las manos, de cóncavos bronces y de largas flautas de horadado boj. «¡Muéstrate benigno y favorable!», oran las tebanas, y asisten a los sagrados ritos como les ha sido ordenado.