Metamorfosis

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Fineo no contesta; al contrario, mirando ora a Cefeo, ora a Perseo, no sabe si atacar a éste o a aquél, y tras titubear un instante arroja la lanza contra Perseo con todas las fuerzas que le da la ira, pero falla. La lanza se clavó en el asiento: entonces Perseo saltó de los cojines, y, lleno de furia, habría atravesado el pecho de su rival con su misma arma si Fineo no se hubiese refugiado tras el altar: el altar, ¡cosa indigna!, protegió al criminal. El tiro, sin embargo, no fue vano, y la punta de la lanza se clavó en la frente de Reto: éste cae, y arrancado el hierro del hueso patalea y salpica de sangre la mesa servida. Entonces el pueblo se enardece de verdad con una cólera incontrolada, y empuñando las armas, hay quien dice que hay que matar a Cefeo y a su yerno; pero Cefeo ya había salido del palacio, jurando por la justicia, por la fidelidad y por los dioses de la hospitalidad que lo que ocurría iba en contra de su voluntad. Aparece la belicosa Palas, que protege a su hermano[3] con la égida y le da ánimos. Había un indio, Atis, que, según se creía, había sido parido bajo aguas cristalinas por Limnate, hija del Ganges; de excelsa belleza, acrecentada por la riqueza de su atavío, en la flor de sus dieciséis años, vestía una clámide de Tiro con una orla de oro; collares dorados adornaban su cuello, y una arqueada diadema sus cabellos impregnados de mirra. Era capaz de acertar con la jabalina desde cualquier distancia, pero era aún más hábil disparando el arco. También entonces estaba plegando con la mano su flexible arco cuando Perseo, tomando un madero que desprendía humo en medio del altar, le golpeó fracturándole el cráneo y desfigurándole la cara. Cuando vio bañado en sangre su alabado rostro, el asirio Licabante, su compañero inseparable y que no disimulaba sentir por él un verdadero amor, lloró por Atis, que mortalmente herido exhalaba su último suspiro; luego aferró el arco que aquél había tensado y dijo: «Ahora tendrás que medirte conmigo, y no tendrás mucho tiempo para alegrarte de la muerte de este muchacho, con la que te has ganado más desprecio que gloria». Todavía no había acabado de hablar y ya la cuerda había disparado una afilada flecha que, sin embargo, esquivada por Perseo, se quedó prendida entre los pliegues de sus ropas. El Acrisioníada[4] volvió hacia él su sable, famoso por la muerte de Medusa, y se lo clavó en el pecho; Licabante, ya moribundo, buscó con los ojos nublados por una negra oscuridad el cuerpo de Atis, se dejó caer sobre él y se llevó con los manes el consuelo de morir a su lado.


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