Metamorfosis

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En efecto, la adivina Manto, hija de Tiresias, había recorrido las calles, presa de divina agitación, y había vaticinado: «¡Acudid todas, oh Isménides, y ofreced a Latona y a los dos hijos de Latona devoto incienso y oraciones, y ceñid de laurel vuestros cabellos! ¡Así lo ordena Latona por mi boca!». Le obedecen, y todas las tebanas adornan sus sienes con ramas de laurel y ofrendan ante el fuego sagrado incienso acompañado de oraciones. Y he aquí que llega Níobe con un numerosísimo séquito de acompañantes, envuelta en fastuosas telas de Frigia entretejidas de oro, y, hasta donde su ira lo permite, bella. Haciendo ondear los cabellos que caían sobre sus hombros con un movimiento de su hermosa cabeza, se encaró con la multitud, y a la vez que dirigía a su alrededor su soberbia mirada, exclamó: «¿Qué locura es ésta de anteponer unos dioses de los que sólo se ha oído hablar a dioses que se ven? Es decir, ¿por qué se venera a Latona en los altares mientras que aún no se ofrece incienso a mi divinidad? Mi padre fue Tántalo, el único a quien se permitió participar al banquete de los dioses; mi madre es hermana de las Pléyades[23]; es mi abuelo el enorme Atlas, que sostiene sobre sus hombros el eje del cielo, y mi otro abuelo, Júpiter, a quien me glorio de tener también por suegro[24]. Los pueblos de Frigia me temen, soy la señora del palacio de Cadmo, y las murallas construidas por la lira de mi esposo[25], junto con las gentes que habitan en ellas, están bajo mi mando y el suyo. En cualquier parte de mi casa a la que dirijas los ojos podrás ver inmensas riquezas; además, mi aspecto es el de una diosa; añadid a esto siete hijas y otros tantos hijos, y muy pronto yernos y nueras. Considerad ahora si no tiene buenos motivos mi soberbia; no comprendo cómo os atrevéis a preferir a Latona, a la hija de Ceo, un simple titán, Latona, a quien la tierra inconmensurable negó hace tiempo un lugar, por pequeño que fuera, para dar a luz. Ni el cielo ni la tierra, ni las aguas acogían a vuestra diosa[26]: vagaba por el mundo, desterrada, hasta que la isla de Delos, apiadándose de su vagar, le dijo: “Tú vagas sin patria por la tierra, yo por las aguas”, y le ofreció un inestable refugio. Ella parió dos hijos: ¡apenas una séptima parte de mi descendencia! Sí, soy feliz: ¿quién podría negarlo? Y lo seguiré siendo: ¿quién se atrevería a dudarlo? Soy demasiado poderosa para que la Fortuna me pueda perjudicar: por muchas cosas que me quitara, muchas más son las que me quedarían. Mis bienes ya son tantos que están por encima del miedo. Supongamos que pudiera disminuir el número de mis hijos: en cualquier caso, nunca llegaría a despojarme de tantos hasta dejarme con dos, la “multitud” que tiene Latona. ¿En qué se diferencia ella de una mujer sin hijos? ¡Abandonad ahora mismo esta ceremonia y quitaos el laurel de los cabellos!».


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