Metamorfosis

Metamorfosis

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Altea lo sacó fuera, ordenó que prepararan una pila de ramas y pedazos de madera y se dirigió hacia la funesta hoguera. Entonces, cuatro veces intentó poner el leño sobre las llamas, y cuatro veces se detuvo a medio camino: luchan la madre y la hermana, y dos nombres distintos tiran de un único pecho. Unas veces su rostro palidecía de miedo ante el crimen inminente, otras un arrebato de ira inyectaba en sus ojos su color rojo, y tan pronto su rostro parecía amenazar no se qué crueldades como habrías creído que sentía compasión, y cuando ya el fiero ardor de su espíritu había secado sus lágrimas, las lágrimas de todas formas volvían a aparecer. Como un navío que, arrastrado por el viento y por una corriente contraria al viento, siente las dos fuerzas y parece fluctuar incierto entre ambas, la hija de Testio vacila entre sentimientos indecisos, y una y otra vez depone su ira y luego la retoma tras haberla depuesto. Pero empieza a ser mejor hermana que madre, y para vengar con sangre las almas de sus consanguíneos se hace piadosa en su impiedad; en efecto, cuando el funesto fuego cobró fuerza dijo: «¡Que esta hoguera queme la carne de mis entrañas!», y sujetando en su mano despiadada el leño fatal se paró la infeliz ante ese altar sepulcral y exclamó: «¡Oh tres diosas de la venganza, furiosas Euménides, volved vuestro rostro hacia este sacrificio! A la vez llevo a cabo una venganza y una impiedad; la muerte ha de ser expiada con la muerte, el crimen ha de añadirse al crimen, el funeral al funeral: que muera esta casa infame, con este cúmulo de lutos. ¿Es que va a disfrutar felizmente Eneo de su hijo victorioso mientras Testio se ve privado de sus hijos? ¡Mejor será que lloréis los dos! Vosotros, sombras de mis hermanos, almas recientes, aceptad simplemente mi prueba de afecto y recibid esta ofrenda fúnebre que tanto me cuesta prepararos, el detestable fruto de mi vientre. ¡Ay de mí! ¿Adónde me estoy dejando arrastrar? ¡Hermanos, perdonad a esta madre! Las manos traicionan mi propósito. Reconozco que él merece morir: es el autor de su muerte lo que no puedo aceptar. Pero entonces, ¿va a quedar impune, vivo y victorioso, y va a obtener, orgulloso por su victoria, el reino de Calidón, mientras vosotros, exiguas cenizas, sombras heladas, yacéis muertos? ¡No, no lo toleraré! ¡Que muera, el infame, y que arrastre en su ruina las esperanzas de su padre, y el reino, y la patria! Pero ¿dónde está mi corazón maternal? ¿Dónde están los lazos de afecto de los padres y los sufrimientos que soporté durante diez meses? ¡Ojalá hubieras ardido en las primeras llamas cuando acababas de nacer, ojalá yo lo hubiera permitido! Viviste por gracia mía, ahora morirás por culpa tuya. Recibe el premio por lo que has hecho y devuélveme la vida que te di dos veces, primero en el parto, y luego al sacar el tizón de las llamas, o envíame a compartir los sepulcros de mis hermanos. Quiero pero no puedo. ¿Qué puedo hacer? Ya tengo ante los ojos las heridas de mis hermanos y la imagen de toda esa matanza, ya el amor y el nombre de madre quiebran mi corazón. ¡Desdichada de mí! ¡Funestamente vencéis, hermanos, pero venced, siempre que yo misma os siga a vosotros y a éste que os entrego para vuestro consuelo!». Así dijo, y volviendo el rostro, con mano temblorosa dejó caer el tizón en medio de la hoguera. El leño profirió un gemido, o pareció que lo profería, y ardió consumido por las renuentes llamas.


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