Metamorfosis
Metamorfosis »Un ligero sueño todavía envolvía a Erisicton con sus plácidas alas: él busca alimentos en su sueño, mueve su boca vacía y fatiga los dientes unos contra otros, mueve sin tregua la garganta engañada por comida imaginaria, y en lugar de manjares devora en vano incorpóreo aire. Cuando el sueño se desvanece, entonces se despierta una furiosa ansia de comer que invade su ávida garganta y sus entrañas que arden. No pierde un instante: pide todo aquello que ofrecen el mar, la tierra y el aire, y ante las mesas repletas se queja de que está en ayunas, y reclama más comida en medio de la comida; lo que sería suficiente para enteras ciudades, para todo un pueblo, no es suficiente para uno solo, y cuanto más almacena en su vientre más desea. Así como el mar acoge a los ríos de toda la tierra y nunca se sacia de agua, y se bebe las corrientes que vienen de lejos, o como el fuego voraz, que nunca rechaza el alimento y consume un tronco tras otro, y cuantos más recibe más quiere, y la misma cantidad lo hace más voraz, la boca del profano Erisicton a la vez pide y consume todos los manjares: toda la comida es en él causa de más comida, y a medida que come se vuelve a formar espacio vacío. Y con su voracidad y con el profundo abismo de su vientre ya había consumido la fortuna de su padre, pero aun entonces su hambre implacable seguía intacta, y la gula reinaba en su garganta insaciable. Por fin, tras haberse tragado todo su patrimonio, no le quedaba otra cosa que su hija, indigna de semejante padre. Completamente arruinado, también la vendió. Ella, de sangre noble, se niega a tener un dueño, y tendiendo sus manos hacia el mar desde la orilla, dice: “¡Libérame de mi amo, tú que tuviste el privilegio de robarme la virginidad!”; se la había robado Neptuno. Éste, aunque su dueño, que la seguía, acababa de verla, le dio una nueva forma, revistiéndola del aspecto de un hombre y del atuendo propio de un pescador. Su dueño, mirándola, le dijo: “¡Oh tú que ocultas bajo un pequeño cebo el bronce colgado, tú que manejas la caña, ojalá el mar te sea propicio, ojalá los peces se dejen engañar entre las olas y no noten el anzuelo hasta que lo hayan mordido! Aquélla que con humildes ropas y el pelo despeinado estaba en esta playa, pues yo vi que estaba en la playa, ¡dime dónde está! En efecto, las huellas no siguen más allá”. Ella se da cuenta de que el regalo del dios da buen resultado, y divertida de que le pregunten por sí misma, inmediatamente responde así a sus preguntas: “Quienquiera que seas, perdóname: no he desviado mis ojos del agua hacia ninguna parte, pues estaba pendiente de mi trabajo. Pero para sacarte de dudas, así asista el dios del mar a este oficio mío, hace rato que ninguna persona excepto yo, que ninguna mujer ha estado en esta playa”. El dueño la creyó, y volviendo sobre sus pasos se marchó andando por la arena, engañado. Ella volvió a recuperar su forma. Pero cuando su padre supo que su hija tenía un cuerpo transformable, la vendió repetidas veces a varios dueños, y ella escapaba, ora yegua, ora pájaro, ora vaca, ora ciervo, y proporcionaba a su voraz padre inmerecido alimento. No obstante, cuando la fuerza de aquel mal hubo consumido toda la sustancia y hubo dado nuevo sustento a la grave enfermedad, Erisicton empezó a arrancarse su propia carne con mordiscos desgarradores, y así el infeliz se alimentaba disminuyendo su propio cuerpo.