Metamorfosis

Metamorfosis

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Febo está enamorado, y al ver a Dafne desea unirse a ella, y puesto que lo desea lo espera, y le fallan sus propias predicciones. Como arde el frágil rastrojo una vez recogidas las espigas, como se queman muchas veces las mieses cuando algún viajero les acerca demasiado su antorcha o la arroja al despuntar el día, así el dios se consume en las llamas, así se abrasa todo su pecho, y nutre la esperanza de un amor vano. Observa los cabellos que caen en desorden sobre el cuello y piensa: «¡Imagínate, si se los peinara!»; ve sus ojos como estrellas que brillan como el fuego, ve sus labios, y no le basta con verlos; alaba sus dedos, sus manos, sus antebrazos y sus brazos, desnudos casi por entero; lo que queda oculto, lo imagina aún mejor. Ella escapa, más veloz que la leve brisa, y no se detiene ni aun cuando él la llama con estas palabras: «¡Te lo ruego, ninfa, detente, hija de Peneo! No te persigo como enemigo: ¡detente, ninfa! Así huyen los corderos del lobo, los ciervos del león, y las palomas del águila sobre alas temblorosas: cada uno huye de su enemigo. ¡Pero es el amor lo que a mí me hace seguirte! ¡Desdichado de mí! Temo que te caigas y que las zarzas arañen tus miembros, indignos de tales heridas, y que yo sea la causa de tu dolor. Son muy abruptos los lugares por los que tanto te apresuras: te ruego que no corras tan deprisa y que detengas tu fuga. Yo mismo te seguiré más despacio. Sin embargo, párate a pensar en quién es el que te desea: yo no soy un montaraz ni un rudo pastor que en estos lugares cuide su ganado y sus rebaños. ¡No sabes, imprudente, no sabes de quién huyes, y por eso precisamente huyes! La región de Delfos, Claros, Ténedos, y el reino de Pátara[50] me honran como a su señor; Júpiter es mi padre. Yo revelo lo que ha sido, es y será; yo hago armonizar los versos y la música[51]. Mis flechas son certeras, sin duda, pero una más certera que las mías me ha herido en el pecho, antes insensible. La medicina es un invento mío, en todo el mundo me llaman sanador, y conozco el poder de las hierbas: y, sin embargo, ¡ay de mí!, no hay hierbas que puedan curar el amor, y las artes que a todos benefician no benefician a su amo». Él querría seguir hablando, pero la hija de Peneo corre temerosa y lo deja con las palabras en la boca. También así parecía hermosa: el viento desnudaba sus miembros, sus ropas temblaban agitadas por la brisa, y un aire suave echaba hacia atrás sus cabellos. La misma huida aumentaba su belleza.


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