Metamorfosis

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Atlas sintió su peso. Pero Euristeo, hijo de Esténelo, todavía no había depuesto su ira, e, implacable, dirige sobre sus descendientes el odio que sentía por su padre. Y así Alcmena de Argos, afligida por interminables angustias, no tenía más que a Iole para desahogar sus lamentos de anciana y para relatar las hazañas de su hijo, presenciadas por el mundo entero, o sus propias cuitas. A Iole, por mandato de Hércules, la había acogido Hilo[23] en su tálamo y en su corazón, y había fecundado su vientre con su noble semilla; y he aquí que Alcmena empezó a decir: «Ojalá que por lo menos a ti los dioses te sean propicios, y hagan breve la espera cuando, madura ya para el parto, invoques a Ilitía[24], protectora de las asustadas parturientas, que tan cruel fue conmigo para complacer a Juno. En efecto, cuando ya se acercaba el nacimiento de Hércules, soportador de trabajos, y el sol se hallaba sobre el décimo signo, mi vientre estaba tenso por el peso, y lo que llevaba era tal que se podía ver claramente que Júpiter había sido el padre de la carga que se ocultaba en mi cuerpo. Yo ya no podía soportar el sufrimiento: incluso ahora, mientras te hablo, mi cuerpo se hiela y se estremece, y recordar es revivir una parte de ese dolor. Durante siete noches y otros tantos días, atormentada, extenuada por el mal y tendiendo los brazos al cielo, invoqué con grandes gritos a Lucina y al padre del esfuerzo[25]. Ella acudió, desde luego, pero corrompida de antemano, y dispuesta a llevarle mi cabeza a la despiadada Juno. Al oír mis gemidos se sentó sobre aquel altar que hay delante de la puerta, y cruzando la pierna derecha sobre la izquierda y entrelazando los dedos en forma de peine, contuvo el parto; también pronunció unos conjuros en voz baja, y los conjuros bloquearon el parto que ya había comenzado. Yo me esfuerzo y, fuera de mí, impreco inútilmente contra Júpiter llamándole ingrato, y siento deseos de morir, y me lamento con palabras que conmoverían hasta a las piedras. Las matronas cadmeides[26] me asisten, hacen votos a los dioses y me dan ánimos en mi sufrimiento. Allí estaba también una de las criadas, Galántide, una muchacha del pueblo, de rubia cabellera, rápida y diligente en sus quehaceres, mi preferida por sus servicios. Ella percibió que algo, no sé qué, estaba ocurriendo por culpa de la injusta Juno, y mientras entraba y salía por la puerta una y otra vez vio a la diosa sentada en el altar, con los brazos sobre las rodillas entrelazados por los dedos, y dijo: “Quienquiera que seas, ¡ve a felicitar a la señora de la casa! ¡Alcmena de Argos ya ha dado a luz, y ha visto cumplido su deseo!”. La diosa que domina los partos se puso de pie de un salto y soltó las manos, sobrecogida: yo, deshecho el impedimento, di a luz. Dicen que Galántide se rió de haber burlado a la divinidad; mientras se reía, la cruel diosa la agarró por los cabellos y la arrastró por el suelo, y cuando intentaba levantarse hizo que se arqueara su cuerpo y transformó sus brazos en patas anteriores. Conserva su anterior prontitud, y tampoco el dorso ha perdido su color: sólo la forma es distinta a la anterior. Y puesto que ayudó con falsas palabras a una parturienta, pare por la boca, y sigue frecuentando, como antes, nuestras casas[27]».


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