Metamorfosis
Metamorfosis Eran iguales en edad y en belleza, y de los mismos maestros aprendieron las primeras nociones y los conocimientos propios de su edad; de allí nació el amor que tocó los inexpertos corazones de ambas, y que hirió a las dos con la misma herida. Pero sus esperanzas no eran las mismas: Iante ansiaba el matrimonio y el momento de la boda pactada, y creía que aquélla a la que creía un hombre sería un día su esposo. Ifis, en cambio, la ama sabiendo que nunca la podrá tener, y eso mismo aumenta su pasión, y, virgen, por una virgen se consume. Y conteniendo a duras penas las lágrimas, dice: «¿Qué final me espera, cuando me posee un deseo que nadie ha experimentado, un destino innatural y dirigido hacia una clase de amor desconocido? ¡Si los dioses querían salvarme, tenían que haberme salvado; pero si no, si querían destruirme, ¡por lo menos podían haberme dado un mal natural y dentro de lo acostumbrado! Una vaca no arde de amor por otra vaca ni la yegua por la yegua; la oveja arde por el carnero, el ciervo va detrás de su hembra; también las aves se unen así, y no hay entre todos los animales ninguna hembra poseída por el deseo de otra hembra. ¡Ojalá yo no lo fuera! En efecto, para que todas las monstruosidades se queden en Creta, aquí la hija del Sol[55] amó a un toro: pero, en cualquier caso, era una hembra que amaba a un macho. Mi amor, si tengo que decir la verdad, es más aberrante que aquél. Y sin embargo, ella consiguió el amor que esperaba; ella, con su engaño y el disfraz de vaca fue montada por el toro, y el adúltero era tal que se dejó engañar. Pero supongamos que confluyeran aquí los ingenios de todo el mundo, supongamos que el mismo Dédalo volara de vuelta con sus alas enceradas: ¿qué podría hacer? ¿Acaso con la sabiduría de su ciencia podría convertirme de doncella en muchacho? ¿Acaso te transformaría a ti, Iante? ¿Por qué no fortificas tu ánimo y vuelves en ti, Ifis, y te sacudes de encima esta pasión desquiciada y necia? ¡Considera lo que fuiste al nacer, no te engañes también a ti misma! ¡Desea lo que es lícito, y ama lo que debes amar como mujer! Es la esperanza lo que se apodera de nosotros, es la esperanza lo que alimenta el amor: a ti la realidad te impide tener esperanzas. No es la vigilancia lo que te aleja del querido abrazo ni la atención de un cauto marido; no es el rigor de un padre, no es ella la que rechaza tus ruegos; y a pesar de todo tú no podrás poseerla, y aunque todo siga su curso no podrás ser feliz aunque los dioses y los hombres se esfuercen por ello. También ahora no hay ninguno de mis deseos que no se cumpla, los dioses me son propicios, lo que han podido me lo han dado, y lo que yo quiero lo quiere también mi padre, lo quiere ella misma y también mi futuro suegro. Pero no lo quiere la naturaleza, más poderosa que todos ellos, que es la única que me perjudica. Y ya se acerca el esperado momento, se acerca el día de la boda, y pronto Iante será mía, y yo no la tendré. Nos atormentará la sed en medio de las olas. ¿Por qué, casamentera Juno, por qué, Himeneo, asistís a este rito en el que falta quien nos tome, en el que ambas nos entregamos?». Tras esto guardó silencio. No se agita con menos ardor la otra doncella, y ruega, Himeneo, para que vengas pronto.